Por Federico Rosso
@federicorosso


En fin, nada más un día te das cuenta, tenés ese “instante de lucidez”

Para mí el miedo empezó a manifestarse con la lectura, donde me refugié. Esta fue su primera y más prolongada versión. Me acuerdo justamente cómo y cuándo fue. Tenía 14 años, era verano, la siesta, vivía en el campo, no había mucho qué hacer, ni dónde ir en el calor exagerado de la planicie suramericana, donde tenía que crecer.

Así fue como abrí el primer libro, Cuentos de amor, locura y de muerte, de Horacio Quiroga, y quedé como pegado sobre un sofá de la sala, bajo las altas temperaturas de aquellas siestas, leyendo sin parar un cuento tras otro. Quedé un poco sentado en ese sillón durante los próximos 15 años, mientras terminaba la secundaria y estudiaba periodismo, justamente influido por los libros detrás de los que me había ocultado.  

Por el miedo, aún desconocido de formar una familia, fui un adolescente leído y estudiante de comunicación.  

Hijo de padres divorciados en los ochentas; divorcio de vanguardia para Latinoamérica, habré quedado emocionalmente destramado en lo que se refiere a las relaciones sentimentales. Que lo digan los expertos. Yo nomás intentaré desandar este miedo a formar una familia, y sus ramificaciones por los laberintos de mi vida.

Más o menos al mismo tiempo llegaron las distracciones de la juventud, trasnochar, ir de fiesta. Flaquito, intelectual y farrista. Tenía miedo a formar una familia pero, ¿cómo iba a saberlo? Estaba presente en todos los acontecimientos y salidas de mi ámbito, pero además tenía amigos mayores que yo (algunos habían terminado sus carreras mientras yo aún no había comenzado la mía), con quienes lograba filtrarme en otros espacios sociales, hablar de literatura o discutir sobre política. Siempre estaba metido en una conversación más allá de mi propio universo, nunca en cosas mías. 

Mas sí tuve novias, incluso tuve un noviazgo largo en la universidad. Fue una tregua con mi miedo, y porque “la juventud todo lo perdona”, como decía uno de esos amigos míos más viejos que yo. 

Volviendo a la novia, cuando quise esquivar lo que avanzaba, ella, con claro instinto de supervivencia, buscó uno mejor dispuesto. Lo cuento porque éramos muy jóvenes y pronto me llegó la noticia del casamiento. Yo no entendía que ella quería formar una familia. Pero una de las cosas en las que caigo es que el miedo no te deja ver, y no me dejó ver la verdadera razón. Me victimicé: “ella me dejó”. Más adelante vi como todas mis relaciones se terminaban, y, conforme pasaban los años, yo ya podía saber cómo iban terminando apenas comenzaban. Empezaba a entrever la silueta borrosa de mi miedo, pero me faltaba un montón para reconocer su cara.

Y por este motivo, eso es lo que pienso, llegué a estar tan subyugado por la literatura, que en algunas etapas de mi vida solo hablaba de ello, pasando de un autor a otro. La temporada Hemingway fue la recaída más pura y dura en mi miedo, tengo que reconocerlo, tanto para mí como para los que me rodeaban. Fue una época larga sin relación alguna, quizás, porque el célebre Nobel no tiene buena prensa en temas de familia, aunque siempre habla del amor. Les recomiendo Al otro lado del río y entre los árboles, novela bastante desconocida y espectacularmente enfocada en una relación sentimental. 

Las Nieves del Kilimanjaro, sin ir más lejos, también. Reniega de su mujer en todo el cuento, pero se nota que valora tenerla allí, aunque no pueda hacer nada ante la inminencia de una muerte segura. En general, con los rigores machistas necesarios para la época, Ernest se refiere con ternura al universo de la pareja, la familia y los niños. Y parecía que no le tenía miedo a nada, se casó cuatro veces, escribió como nadie, hizo una fortuna. Sin embargo murió con miedo a no poder escribir todo lo que tenía planeado y a quedar en la ruina económica. El miedo no te deja nunca, pero se nota como él salió decidido a enfrentarlo. 

En fin, nada más un día te das cuenta, tenés ese “instante de lucidez”. Es otra frase que decía mi amigo, la repetía mucho, para referirse a ese momento en que te das cuenta de algo que te está pasando mucho más allá de lo que podés ver. Fue otro día de verano, también a la hora de la siesta, pero ahora de un agosto en Madrid, hasta donde había llegado, según mi imaginario, por mi extrema afición a la literatura, pero en realidad huyendo de la idea de formar una familia. 

Ahí encontré el refugio perfecto, el anonimato de una ciudad estupenda donde había vuelto a leer y trasnochar como en mis mejores épocas. Pero ya no era un adolescente ni un estudiante universitario. Y ese instante de lucidez, que sucedió en la aridez de la ciudad vacía, me dijo que me iba a quedar así, solo, sin tierra, sin pareja, sin perro, ni gato. Mas no fui capaz de reconocer que se trataba de mi miedo primario a formar una familia, y lo confundí con el miedo a quedarme solo.

Me casé con miedo, lógico. Tuve una hija con otro poco más de miedo, súper natural. Ahora me da miedo que mi hija se enferme, que le pase algo, que nos pase algo a nosotros, miedo a no ser un buen padre. El miedo sigue, como un virus que va mutando, uno lo va enfrentando, generando anticuerpos. Y esto no es una movida para instalar la idea del casamiento o la vida en familia, ni siquiera insinuar que haya algo especialmente determinado que tengamos que hacer; es para compartir el valor de detectar los miedos, porque creo que es la única manera de salir a enfrentarlos.

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Natural de Argentina. Tropicalizado; casado con una mujer costarricense.


 

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