Por Alicia Coto
@piladetrastos

Morder un higo es comerse un jardín.

 

Mi abuela paterna tenía un arbusto de camelias blancas. Era protagónico en su jardín. El mito familiar dice que lo sembró junto a mi bisabuelo cuando era joven. Lo justo era que mi jardín tuviera camelias porque nos recuerdo a ella, a mi papá y a mí cortando algunas. Es un arbusto raro de conseguir, pero se pudo y ahí está. Desde el año pasado no parece ser una planta muy contenta, aunque a ver, con honestidad, ¿quién quedó con sensación de plenitud con ese 2020?

Por otro lado, mi abuela materna tenía un árbol de guayabita del Perú, un palo de limón mandarina, rosales de flores pequeñas, helechos, chinas. Y una higuera que no recuerdo pese a que una buena cantidad de las tardes de mi infancia las pasé en su casa, una casa de arquitectura setentera y distribución en diagonal muy psicodélica. Puedo rajar que tengo buena memoria para muchas cosas, menos para esa higuera. Y bueno ya sabemos que la gente (o sea yo) se encapricha con ese rincón donde la memoria traiciona. La otra frase sería esta: Lo justo era que mi jardín también tuviera una higuera por todo lo que nunca observé de la casa de la abuela en la que crecí.

Un día aparecieron mis papás con una higuera para el jardín, alcahueteando mis necedades botánicas. Mi cuenta de Instagram registra que fue sembrada en agosto del 2016, según las siguientes indicaciones: le debe dar directo el sol de la mañana y debe tener buen riego. En ese momento la planta tenía menos de un metro de altura y dos brevas. Yo, muy ingenua, pensé que tomaría un mes o si acaso dos para probar, directo del jardín, la dulzura natural del higo maduro de la que me habían hablado maravillas.

Como la vida es la que es y no la que minuciosamente planeamos, antes del primer mes la higuera tiró los dos higos bien verdes al suelo. La higuera es una planta abortera y privilegia su propio crecimiento antes que debilitarse invirtiendo energía en frutos que no deben ser. De ser necesario bota los higos verdes, varias veces en su existencia, con tal de crecer y salvarse. Pregunta mística: ¿Cuántos siglos de evolución le habrá tomado a esta planta diseñar este glorioso mecanismo para deshacerse de proyectos sin hacerse bolas? ¿Se dan cuenta de la cantidad de bolas que la gente (o sea yo) se hace por el susto, el compromiso y el dolor que le da por dejar botado un proyecto que de por sí no era?

00;”>Esperé varios meses más para comerme los primeros dos higos maduros de mi vida. Le agradezco a la higuera la sincronía con la celebración de mis 40 años. De comerme los higos maduros crudos pasé a comérmelos en las tostadas con queso ricotta y miel. Al año siguiente hubo más higos y más tostadas. Después de eso en algún momento me empezaron a pasar recetas. Personas amigas, pero también personas desconocidas y adorables que veían mis fotos. De ahí en adelante todo ha sido una avalancha de tartas, queques, jaleas, galletas, gelato, pizzas, pastas, arroces, ensaladas, carpaccios, salsas para el pollo, papillote, cocteles. No siempre hay higos frescos en la refri, pero siempre hay un proyecto para los próximos. Como la mermelada de higos y camelias que no he podido hacer porque la camelia no ha dado flores. O el sabayón con higos rostizados en miel para el que estoy guardando los de esta semana.

Siempre estoy atenta a las apariciones de las avispitas polinizadoras. Cada especie de higuera necesita de una avispa específica de la familia Agaonidae para su polinización. Por eso, es que hay tipos de higos que solo se pueden probar viajando. Y siempre hay una lucha ética con los pájaros que me los arruinan a picotazos, ¿debo compartir? Si es así, ¿cuánta cantidad? ¿O debo poner un espantapájaros además de proteger mis tesoros envolviéndolos en bolsitas mientras se maduran lo suficiente para cortarlos de las ramas? 

También he aprendido a vivir con el temor de perder. Tengo un libro sobre enfermedades y plagas del higo, porque ¿se imaginan no haber crecido con traumas bíblicos instalados en el sistema? Por ejemplo, otra vez, el 2020, ese compita tan lleno de mensajes encriptados y lecciones hogareñas, se encargó de dejar claras las consecuencias de podar mal y en exceso y, por lo tanto, tener que esperar mucho más tiempo por la siguiente cosecha. Una espera tan tediosa como la espera de nosotras las personas sanas esperando la cita para la vacuna.

Si nunca han probado un higo maduro, sepan que cambia vidas. Tengo pruebas. Testigos. Y testimonios. He visto amigos serenateando a la higuera luego de pedirle perdón por todas las barbaridades, calumnias y noticias falsas que dijeron públicamente antes de haberse comido al menos una esquinita del higo. No se engañen. Los higos no son esa cosa negra, seca y recubierta de azúcar que venden por ahí y por allá. Los higos tampoco son esos verdes que a veces les venden a los incautos en las ferias del agricultor. Tampoco son esa bolsa cara de supermercado de membresía. Si les alcanza el tiempo libre, persigan un higo maduro y métanle un buen mordisco. Si no les alcanza el tiempo, tal vez, les alcance la plata, pero no es lo mismo. 

Las higueras son un capricho evolutivo al cual es posible que los primates le debamos la vida, o al menos una parte relevante de nuestros primeros ecosistemas. Y los higos no son una fruta. Son una infrutescencia. Y en la sutileza que muta de una cosa a la otra está lo más hermoso de todo: Los higos son una bola de flores que explota para adentro con la ternura y todos los abrazos del color rosado. Morder un higo es comerse un jardín. Si el Buda se iba a iluminar bajo una planta, obvio que iba a ser bajo una higuera, porque si en esta vida hay que iluminarse o acercarse un poquito a eso, ha de ser desde la dulzura de las verdades que nos explotan por dentro.

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Alicia Coto estudió artes plásticas. Es profe en el TEC y piensa que las artes, la ciencia y el feminismo son la tríada ganadora del siglo XXI.


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