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Por Héctor Ferlini

Hace unas pocas semanas, urgido por solucionar una situación laboral, necesitaba usar la computadora de mi madre, a quien hacía varios días no veía gracias al pandémico confinamiento.

Mentalizado en cumplir con las medidas sanitarias, llegué a la casa de mis padres sabiendo que no podría, por nuestro propio bien, abrazarlos ni entretenerlos con una plática extendida. Así, opté solamente por hablarles sin bajarme del carro, mientras alargaba mi brazo derecho lo más que podía para tomar la computadora que me era ofrecida por mi hermano, quien sí vive con ellos. El intercambio fue rápido. Los afectos relacionados con él, sin embargo, en su fluctuación, perduraron más tiempo. Eran una mezcla de satisfacción por lograr ser sanitariamente responsable con tristeza por la imposibilidad de un mayor acercamiento.

 

—“¿Qué más da?”, pensé. “Es a lo que debemos limitarnos por ahora. Eventualmente las cosas volverán a la normalidad”.

 

Consciente de mi autoengaño, de esa artimaña de autoprotección afectiva, aceleré, dejando atrás lentamente el deseo de compensar con contacto físico aquello que las palabras no pueden transmitir.

 

Pero, a ver, ¿cuál es el quid de tal autoengaño? ¿Por qué, si se es fiel al significado de autoengañar, no me estaba diciendo a mí mismo la verdad? Tal vez, usted que lee, ya lo haya adivinado. La dificultad es que no volveremos a la normalidad, al orden de cosas al que estábamos acostumbrados y al que exigimos, quizás solo coherentemente en nuestros delirios, volver, como si se tratara de un derecho: posibilidad indiscutida, si quiero, de volver a ser normal.

 

Y bueno, ¿qué es lo normal? La multiplicidad y la velocidad de los cambios de nuestras sociedades hace que esta pregunta que hago esté desgastada. La lanzo de nuevo, no obstante, porque las cosas se desgastan si se usan mucho, lo cual implica que, al volverse comunes, cotidianas, tienen el riesgo inherente de pasar desapercibidas. O sea, ha dejado de ser una cuestión interesante preguntarse por el contenido de lo normal. Sin embargo, yo quiero rescatar el interés. Juzgue usted lo siguiente:

 

Por normal podemos entender el conjunto de hábitos que, al ser repetidos innumerable cantidad de veces a lo largo del tiempo, dejamos de prestarles atención y, casi siempre, los notamos en su ausencia.

 

¡Qué ingratitud! Lo normal es una especie de base material, es decir, práctica, que nos permite ejecutar, sobre ella, lo esporádico, extraño, insospechado e, incluso, lo anormal. Imaginaban varios músicos en el pasado que la tierra, al girar sobre su propio eje y transitar balanceadamente en el espacio, emitía una música de sinigual belleza, pero que nosotros, humanos, no podíamos escuchar, porque nos era trágicamente normal. Sí podemos escuchar, en cambio, el excepcional canto del pájaro y la voz, dulce o áspera, de otra persona que nos habla, debido a que no son parte del normal basamento que hace posible todo.

 

Si lo normal es aquello que se repite sin cesar, con una constancia inmune al cansancio, entonces, en cuanto a lo que nosotros y nosotras hacemos, lo normal es lo que se realiza sin planear, la mayoría del tiempo sin un fin declarado, de forma automatizada. ¡Oh no, somos normalmente autómatas!

 

Piénselo: ¿planifica usted cada respiración, cada abrazo que le da a su madre? Al reverso, las respiraciones planificadas, controladas, los abrazos que buscan algo más, un objetivo diferente, no son normales.

 

En fin, lo normal en el contexto de esta pandemia de COVID-19 es hablar de una nueva normalidad. Lo escuché por primera vez en boca de un médico de colita, que era entrevistado por un periodista de cejas exuberantes y que habla pausadamente, con los aires de querer ser un representante culto de alguna agresiva ideología burguesa, en un canal que no me gusta.

 

Por nueva normalidad, el médico se refería a acostumbrarnos a lavarnos las manos, estornudar hacia la axila, pero, sobre todo, y esto es lo que más me interesa, a guardar distancia física, a no tocarnos. Para mí, esto es, dicho rápido, construir nuevos hábitos, empezar a percibir las cosas antes no percibidas, escondidas bajo el velo del reflejo automático, y dejar de pensar y planificar acciones que antes pensábamos y planificábamos de acuerdo a un fin, meta u objetivo.

 Empero, si se hila más fino, se verá que nuestros hábitos, cualesquiera que sean, los hacemos porque nos parecen buenos. Son acordes a nuestra idea tácita o explícita de bien y, como se sabe, o se debería saber, da igual, la idea de bien es el fundamento de la moral.

 Si cambiamos nuestros hábitos esforzándonos por renovar nuestra normalidad, lo estamos haciendo porque nuestra concepción sobre el bien, o lo que es bueno, cambió. El resultado, por lo tanto, de la nueva normalidad, es la aparición de una moral distinta a la que teníamos, sin importar cuál era.

 Un amigo me solicitó ser optimista. Para satisfacerlo digo: la nueva idea de bien que contiene la incipiente normalidad, debería estar gobernada por cuidarnos mutuamente, una suerte de aparición del bien común. La nueva moral tendría, si lo anterior es cierto, que fundarse sobre esa noción de bien común. La exigencia de este pensamiento cae por su propio peso: ¿la moralidad del bien común se ocupa de lo sanitario y exime lo demás? o, por otra parte, ¿debería incluir consideraciones económicas y políticas para ser completa? Yo quiero salud, pero también igualdad económica. También quiero poder abrazar a mis padres.


Héctor es profesor de Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Es padre de 6 perros y 6 gatos. 


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