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Por Texto por Arturo Pardo

Arte por Fabián Monge

Un masking tape pegado al suelo me explicó dónde debía pararme. Teniéndolo ahí debajo me aseguraba de cumplir con el metro y medio que me distanciaría de la persona adelante de mí en la fila.

 

Obedientemente me aseguré de que mis pies no sobrepasaran la marca. Me quedé viendo atolondrado los zapatos, pensando en que, al regresar a casa, debía quitármelos antes de ingresar.

 

Luego levanté la mirada hacia las puertas de ingreso al supermercado. Estaba esperanzado de que mis ojos encontraran un recipiente con alcohol en gel que me diera la bienvenida al ingresar.

 

Una especie de halo luminoso le daba un brillo especial a aquella botellita plástica al otro lado de la puerta de vidrio. “¡Qué maravilla! ¡Sí tienen gel!”, pensé triunfante.

 

Fue hasta entonces que mis ojos se detuvieron en quien estaba adelante mío. “¿Qué me dice mae?”, le pregunté. Mis pantorrillas y cintura hicieron el ademán de adelantarse para proceder a abrazarlo. Sin embargo, mis pies, –por dicha más obedientes– se quedaron aferrados al masking tape. “¿Diay mae?”, me respondió emocionado.

 

Tenía no sé cuántas semanas de no toparme a alguien cercano en la calle. Él, uno de mis mejores amigos, estaba en las mismas que yo. De repente nos sentimos como dos náufragos desesperanzados en una isla que pensábamos completamente deshabitada.

 

“Qué buena casualidad”, le dije sonriente. “Rajado”, respondió pelando los dientes.

 

Mi amigo y yo hicimos un status rápido sobre cómo estos días, en nuestras respectivas casas, lidiamos con la maldición de los mosquitos. Hablamos sobre cómo la ausencia del tráfico vehicular es una maravilla silenciosa. Coincidimos en cómo los pajaritos se apropiaron del sountrack de nuestros vecindarios.

Luego nos pusimos al día en temas generales y cerramos la conversación reiterando, una vez más, que hacía rato no nos veíamos.

 

Entonces caí en cuenta de que este contexto nos robó los encuentros casuales. Hace tan poco tiempo vivíamos en una ciudad donde era cotidiano toparnos a alguien sin planearlo.

En estas circunstancias, en cambio, las posibilidades dependen de la hora, el número de placa o la naturaleza del mandado. Coincidir con alguien cercano, o hasta un conocido, ya no es casualidad. Ahora es un milagro.

 

Cada vez hay menos espacio para darnos por sentado. La alegría de encontrarme con mi amigo fue un valioso recordatorio.

 

El encuentro, a metro y medio de distancia, fue breve pero realmente emotivo. La emoción, no obstante, se cortó con la paranoia cuando vimos a una tercera persona sumarse a la fila. Ambos, en automático, volvimos a ver hacia abajo para corroborar que sus zapatos no sobrepasaran el masking tape en el que le tocaba quedarse parado.


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