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Por Juliette Fonseca
Fotos Por Pablo Cambronero

 

I

 

 

Salimos afuera a caminar. Eso no es redundante decirlo. Salimos afuera porque nos dicen que caminemos treinta minutos por día para conservarnos.

 

Afuera descubrimos que son menos los vehículos, que el silencio es más, y que esa combinación es agradable.

 

Echamos a caminar sobre una acera construida de materiales varios: a veces es de concreto, a veces es de blocks hexagonales que no están nivelados porque la tierra que los sostiene se ha movido a raíz de raíces o temblores o agua, a veces es de blocks estampados con patrones de círculos o cuadrados concéntricos. Cuando son estos últimos caemos en el juego de intentar poner los pies siempre sobre los mismos puntos de los patrones, y eso es divertido. Cuando la acera es de concreto nos concentramos en otras cosas, como en preguntarnos si es que ahora cantan más los pájaros o si es que somos nosotros los que ahora escuchamos más.

 

Hoy notamos por primera vez que la cabeza de ese pájaro amarillo que siempre vemos y admiramos es negra con rayas blancas. Nos preguntamos cómo no le habíamos notado esa cabeza y seguidamente intentamos imaginar el contexto que habrá llevado a este pájaro a necesitar un cuerpo amarillo y una cabeza blanca con negro. Estas preguntas nos hacen bien.

 

Cuando el pájaro amarillo con negro se va volando con un enorme pedazo de pan entre el pico, vemos a un zanate sobre la calle y nos percatamos de que nunca nunca hemos visto a un zanate atropellado y de que zanate y sanate se pronuncian igual. Porque nuestros ojos son inquietos, no hemos terminado de asombrarnos ante tan simples hallazgos cuando ya estamos enfocados en el borde de la acera que está recién pintado de amarillo. A veces el borde de la acera es amarillo nuevo, como hoy, pero casi siempre es amarillo viejo o de ningún color, y casi nunca es celeste y a veces es blanco.

 

A la acera hay que prestarle atención cuando está en mal estado porque las irregularidades y las grietas pueden torcernos un tobillo o peor. Las grietas son hermosas. A veces se nos parecen a cuando hemos visto en fotos o vida real ríos desde tan arriba que parecen las venas del sistema circulatorio nuestro. Hoy las grietas nos parecen dibujos que quisiéramos replicar en casa sobre papel blanco, pero eso lo hemos intentando ya y nunca salen bien porque no todo lo que nos asombra puede convertirse en algo más.

 

Encima de las aceras a veces cuelgan partes de plantas. Antes nos gustaba pasar justo por debajo de las partes colgantes de las plantas, pero por ahora pensamos que es mejor esquivarlas. Hoy esquivamos las hojas de unas palmeras que parecen manos dispuestas a saludar a cualquiera. Esquivamos también los hilos que cuelgan del sauce llorón que está sembrado afuera de un hogar de niños donde hoy se escuchan a los niños hablando y jugando y riendo.

 

Concluimos que no está mal que ahora toque esquivar a la palmera y al sauce porque es por hoy esquivarlos que nos damos cuenta de que disfrutamos no esquivarlos cuando eso es permitido.

 

Sobre las aceras siempre hay cosas. Si es día de basura o el día después del día de basura, pueden encontrarse restos de muebles en mal estado, huesos de gallinas o vacas, y cosas más comunes como bolsas de basura esperando ser recogidas o bolsas de basura descuartizadas con sus vísceras esparcidas por la acera y la calle. Hoy frente a un kínder hay una bolsa descuartizada. Sus vísceras, esparcidas sobre la acera y la calle, están compuestas de trozos de papel de construcción verde y amarillo, y de escarcha de esos mismos colores.

 

Lo que sí hay siempre sobre las aceras son flores y hojas. Recientemente eran montones de flores rosadas, todos recordamos ese entonces porque sacamos muchas fotos. Ahora son las últimas flores moradas y muchas muchas hojas secas.

 

Pronto va a comenzar a llover, por eso las hojas están hoy así tan secas. Muchas hojas son muy rojas cuando están secas, aunque también las hay muy amarillas, muy cafés y muy anaranjadas. Algo le hace la ausencia del agua al color que lo intensifica. Igual pasa con el sonido, ese agudo y punzante crunch, entre menos agua más preciso.

 

Hoy disfrutamos majar hojas. También disfrutamos como suenan las hojas cuando el viento las arrastra contra el pavimento. Intentaríamos describir el sonido que hace la hoja contra el pavimento pero no hay cómo, tampoco hay cómo explicar por qué es reconfortante que el viento y las hojas estén teniendo una dinámica que en nada nos involucra.

 

 

Gracias a este nuevo silencio notamos y disfrutamos cada sonido que sí suena. Nuestros zapatos con suela de hule sobre acera de concreto marcan un ritmo como de metrónomo que serena. Los breves lapsos en los que la acera es de lastre – que usualmente pasa solamente al lado de lotes baldíos – son especialmente deleitantes. No tenemos de nuevo las palabras para expresar cómo suena zapato sobre lastre pero creemos que el sonido es deleitante porque por acá casi ningún camino es de lastre.

 

Atravesamos el parque. El roce entre el zacate seco y nuestros zapatos genera un sonido único, pero nuevamente no tenemos cómo describirlo ni cómo explicar por qué cada paso se siente como un abrazo.

 

Cruzando la calle el sonido cambia porque ahora es hule sobre pavimento. Eso nos recuerda a la calle de pavimento recién pavimentada que cruzamos hace poco. Olía a pavimento fresco y eso nos hizo percatarnos de que el pavimento viejo no huele a nada.

 

En general hoy no huele casi a nada porque casi todos los comercios están cerrados. Donde sí huele es alrededor del lugar que hace ramen. Esa cuadra entera huele a clavo de olor, cúrcuma, pimienta, canela, mostaza.

 

 

Hoy decidimos caminar sin audífonos y sin celular y por eso notamos todo esto. Nos dijeron que van a incrementar los robos, que en el campo ya se están robando la yuca y el plátano, y que en la ciudad el cableado. Por eso tomamos la decisión, pero también porque ahora ni la música ni la pantalla se sienten tan necesarias.

 

Hoy por caminar sin la usual compañía notamos por primera vez el no sonido que hacen las aves cuando alzan vuelo. También por primera vez notamos exactamente cómo se siente la piel contra la frescura de las siete de la mañana cuando el sol apenas está calentando y la brisa aún es fría; y cómo se siente la piel cuando la envuelve el sol determinado de las dos de la tarde; y cómo se siente cuando a las cinco de la tarde se empieza a enfriar todo menos las paredes de roca que apenas están empezando a soltar el calor que absorbieron durante el día. Hoy por primera vez nos preguntamos cómo se sentirá la noche.

 

 

Ya casi llegando a casa pensamos que no nos gustaría que se nos olvide que cuando son pocos los vehículos que pasan por las calles cada uno suena como una ola de mar, y tampoco que en este vecindario son más los árboles que tienen flores y semillas que los que no, y que estas estas semillas y flores están pintadas de todos los colores que conocemos. Pensamos que nos gustaría sostener alto en la memoria que cuando caminamos los brazos se sienten inusualmente largos, y las piernas inusualmente fuertes y el tronco igual, y que lo que desconocemos por desconocido asombra y que tal vez es por eso que salir a caminar conserva.

 

II

 

 

Así que al día siguiente saldremos a caminar de nuevo. Esta vez notaremos las sirenas y nos preguntaremos si siempre suenan tanto o si es cosa de ahora. Frente a una casa notaremos a un adulto y a un niño sentados adentro de una piscina inflable que apenas cabe en el jardín que colinda con la acera sobre la que estaremos pasando nosotros. Y notaremos que ya no se ven casi mujeres caminando ni circulando, pero que sí se ven bastantes hombres: hombres que cargan bollos de pan, hombres ingenieros con cascos sobre sus cabezas midiendo paredes de concreto, hombres constructores de torres, hombres remodeladores de casas, hombres jardineros, hombres sobre bicicletas y motos cargando bultos cargados de comida, hombres taxistas, hombres guardas cuidando vecindarios.

 


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