Por Gloriana Matamoros
@gloriana_matamoros

¿Cómo vas? Tanto tiempo, ¿Todo bien? A veces lo acompaño con un —¡Qué bueno verte!—

Esa soy yo, altamente sociable por ser una de las menores de seis hermanos de un país pequeño y también porque me ayuda a evadir abrazos. No me gusta el beso pegajoso y evito el acercamiento.

A mí no me gustan los abrazos a la libre, así que espero que la pandemia nos haga preferir saludar de lejos y así evite que personas no tan cercanas me puedan apercollar, y sientan cómo me pongo tiesa y me río un poco. Además soy muy bajita, entonces a veces estoy a la altura de los pechos de la amiga, descansando incómoda mientras me suelta, en la panza de alguien o recibiendo besos en la cabeza de parte de desconocidos.

A mi parecer hay que saludar siempre, pero tener la necesidad de cruzar el lugar de trabajo a zampar un beso cuando nos vemos todos los días, eso no lo entiendo. Doble puntaje a la gente que sabe que no me gustan y entonces tengo que aguantar unos minutos una buena estrujada o me saludan mucho a propósito y paso horas con el olor de la persona o el de su perfume.

La verdad es que saludo porque las caras siempre se me hacen muy conocidas. Para mí son algún personaje de la escuela o universidad, conocidos míos o de alguno de mis hermanos. También pueden ser participantes en grupos en los que he estado desde baile, clases de cocina (donde socializo mucho, pero aplico poco), del trabajo donde fui por años y éramos miles de personas. O corresponden a mis contribuciones con mentoras o de algún taller desde el Arte de Vivir hasta algún curso técnico.

Siempre creí que saludaba solo a gente conocida. Hasta que llegó mi esposo y, en algún momento, le hizo doble clic y me di cuenta que soy sociable pero también despistada.

Está el clásico que siempre me recuerda: saludo y mi esposo me pregunta:

—¿De dónde lo conocés?

— A ese muchacho con el que me quedé hablando, del Weizman, de mis amigos de juventud.

—No creo— me dice.

—Que sí—  y sigo con el cuento de todos los amigos de esa generación que conocí.

Al día siguiente abro el periodico y ahí está Bismark Méndez anunciando su película Marasmo la cual yo había visto hace dos días.

—Ese era—… pues sí lo vi en la película, pero se me pareció mucho a un amigo.

O el otro, cuando no doy el brazo a torcer: entramos a un restaurante italiano y saludo, a alguien que digo que trabajó por años en mi misma empresa.

—Claro que no—  me dice.

—Que sí; trabajaba en manufactura.

—Glo, es el mae del noticiero de las mañanas.

Bueno, pero lo vi en la empresa; de eso estoy segura. Paso días tratando de comprobar mi teoría y resulta que tenía un primo que trabajaba en manufactura y que una única vez visitó la empresa. Fijo lo conocí esa vez…

También, cuando lo hago por asociación: Llegamos a un restaurante y saludo a la dueña.
— La conozco de clases de baile en Andamio y ya nos nos apartó la mesa.

— No me parece que te conozca mucho, te vuelve a ver a menudo.

— Pues entonces debe de ser mamá de la escuela y además estoy segura que baila.

No siempre fui así. Me dicen que, cuando estaba pequeña cruzaba los lugares a saludar a los amigos o conocidos de mis papás. Con el tiempo me fui dando cuenta que siempre preguntaban “¿esta quién es?”. 

Me imagino que, si me gustaran los abrazos, con este despiste sería bien alta la cantidad de apretones a desconocidos que que ya habría dado por error. A mí me funciona así, saludar de primera y de lejos. Ahora en pandemia con mascarilla es todavía más difícil. Veo los ojos, las orejas, y observo el caminado y digo… 

—¿Diay, cómo vas? Tanto tiempo, qué bueno verte— y me queda de maravilla.

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Gloriana es amante de la naturaleza, con una gran pasión por la Península de Osa. Dicen que ella le habla hasta un muerto, desde chiquita le ha encantado conocer gente de diferentes culturas. Está casada con dos hijos casi adolescentes. Esto de escribir nació durante la pandemia y por el momento entretiene a sus hermanos y sus amigos.


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