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Por Arturo Pardo

El título de este texto es un poco irónico pero su contenido, no obstante, es más optimista. Mientras hemos estado quedándonos en casa, han habido mejoras en el aire que respiramos. Quizá se puede llegar a la conclusión con facilidad: si salimos menos de nuestras casas, usamos menos vehículos automotores y esto nos lleva a poder respirar un aire más limpio.

El Laboratorio de Análisis Ambiental de la Escuela de Ciencias Ambientales de la Universidad Nacional (UNA) realizó mediciones del aire entre marzo y abril de este año para contrastarlas con los mismos indicadores de un año atrás. Para tomar las muestras consideró hasta 10 lugares diferentes en puntos como el parque Francia, la Municipalidad de Escazú, la Iglesia de Santa Ana y la ubicación del Ministerio de Salud (San José Centro).

Los hallazgos más significativos fueron estos:

 

  • La concentración de dióxido de nitrógeno disminuyó entre un 28% y un 52%, esto en varias partes de la capital.
  • En Heredia la presencia de partículas suspendidas en el aire, como polvo, ceniza y otros contaminantes (Partículas PM10), disminuyeron en un 44,2% entre el mismo mes del año pasado y este.
  • El mismo dato en el distrito Catedral, en San José, reflejó una reducción de 20,2%.

 

Jorge Herrera, investigador de la UNA le aseguró al periódico La Nación que los cambios más drásticos se evidenciaron en sitios comerciales de alto flujo vehicular. Esto tiene relación con que el dióxido de nitrógeno y las partículas PM10 están asociadas a la combustión de diésel y gasolina.

Es importante recalcar, además, que estas partículas en el aire causan afectaciones a la salud con padecimientos respiratorios. La exposición prolongada al aire contaminado puede derivar a enfermedades crónicas existentes antes del COVID-19. Es decir, mientras que se reducen las emisiones contaminantes debido a la cuarentena, su pululación también afectaría la gravedad de la pandemia, pues haría más vulnerables a eventuales pacientes de la enfermedad.  

 

Aquí y allá

 

Los datos reflejados por este estudio de la UNA es un espejo de lo que ha ocurrido en otras partes del mundo. A modo de ejemplo, en España, en ciudades como Madrid y Barcelona durante la cuarentena obligatoria el tránsito vehicular se redujo en cerca de un 80%. Como resultado, el NO2 en comparación con marzo 2019 se redujo entre un 55%  y 60%, una cifra similar a la que se ha visto en otras partes de Europa.

Es innecesario preguntarse si nos caería bien tener un aire más limpio. Según la Organización Panamericana de la Salud, la contaminación atmosférica es la responsable de que en el continente americano ocurran cerca de 93.000 defunciones al año en los países de ingresos bajos/medios y 44.000 en los países de ingresos altos.

Con el confinamiento durante la cuarentena, según la OMS en general se ha reducido el ruido urbano en un 50%, se ha disminuido el consumo eléctrico en un porcentaje similar y –una vez más– han mejorado los niveles de calidad del aire.

¿Estamos revirtiendo el efecto de la crisis climática? No realmente. Nos estamos enfrentando a una pausa cuyos efectos no se prolongarán si no se toma esta coyuntura como una oportunidad para que, al retornar a la “normalidad” dejemos atrás cargas y malas mañas que traíamos antes.

El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, lo dijo muy bien días atrás: “No vamos a combatir el cambio climático con un virus”.

El enfrentamiento no puede hacerse exclusivamente ante una nueva norma, transitoria y con fecha de caducidad desconocida que, sin querer, terminó siendo una oportunidad de oro.

¿Qué podemos hacer para que, al volver a nuestra cotidianidad tras el confinamiento, los niveles de polución no regresen al punto donde estaban antes?

La pregunta queda abierta.


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