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Nostalgia ajena
Por Sofía Quesada
@sqmontano

Esto fue hace ya varios años, la tarde de un sábado, en un Hyundai viejo con una de mis hermanas al volante.

Ese día decidimos salir camino a ningún lugar, sin rumbo preciso. Al regreso, dejando atrás el atardecer, mi hermana me comenta preocupada y en no pocas ocasiones que no ve nada, que está muy oscuro, que no entiende qué pasó.

Yo trato de responder cualquier cosa, pero la verdad es que no comprendo bien de qué van sus comentarios y entonces seguimos esa porción final del viaje de vuelta a la casa sin mucha conversación. Esa tarde cálida habíamos terminado en Alajuela, detrás del aeropuerto, en un restaurante que tenía lo que denominamos ese día como “el baño más caliente del mundo”. La mezcla del sol alajuelense con el techo de zinc sin cielo raso y el tamaño minúsculo del recinto lo llevaba fácilmente a estar a más de 40 grados. Era básicamente un horno. Quedamos marcadas para siempre por la cuasi proeza de haber vencido ese día la deshidratación extrema —ya sea por el exceso de sudor, o por habernos reído hasta las lágrimas porque ¡habría que haber visto la cara de desorientación de mi hermana al salir del mentado baño!—.

Esa tarde, cuando recién nos montamos al carro recuerdo que sonó Elephant Gun de Beirut en el reproductor de discos. Había brisa y mucha luz, y aquellas notas iniciales del ukelele se grabaron en mí con especial resistencia a irse, desconozco por qué.

Mi hermana menor, esa que iba ese día al volante, vive en Suecia desde hace más de una década. Mi sobrino, su primer hijo y el primer nieto de la familia, cumplió 5 meses de nacido la semana pasada. Tal vez algún día nos dé por llamar a estos niños la “generación COVID”, como para no dejar atrás el hábito de etiquetar gente sospechosamente dispar para que forme parte de una sola categoría ya saben, tipo millennials.

Los planes de conocerlo en persona cuando recién nació en marzo allá en tierras vikingas fueron truncados por la pandemia, esa que hoy nos deja con la incertidumbre de —entre otra docena de cosas — si él pensará que somos personas en 2D.

Mi hermana mayor, quien ha dedicado su vida a la música, recién le compró un libro con sonidos de instrumentos musicales del mundo. Ella le lee el libro por videollamada, como para sentir que todo es normal. Con ella, cuando niñas, cantábamos canciones a tres voces que ella misma nos enseñaba, y pasábamos horas (en serio, horas) haciendo improvisaciones de canciones de flamenco sin ningún sentido que principalmente llevaban a mi mamá pasando, de la risa, al “¡por favor, ya!”.

Hace unos días en un playlist aleatorio sonaron de repente aquellas notas del ukelele de Beirut; hará más de una década que no las escuchaba. Yo, que siento que a veces la nostalgia me es un sentimiento muy ajeno, de inmediato le mandé un texto a mi hermana en Suecia. Unos días después y a propósito de nada, ella escribía en el chat que tenemos las tres hermanas proponiendo que hiciéramos una videollamada para cantar a tres voces El beso y la flor. Estando allá, lejos del resto de su familia, supongo que este era el tipo de recuerdo que le hacía sentir más cercana a nosotras.

Aquel sábado (años ha), después de tener que usar “el baño más caliente del mundo”, ya casi llegando a casa, de repente mi hermana estalla a reírse y me señala los anteojos de sol que llevaba puestos. Había estado manejando sin quitárselos aun cuando ya había oscurecido. Depeche Mode cantaba Shake the Disease. Bueno, esto último no es cierto; es una licencia poética. Sin embargo, tengo seguridad de que la pieza formaba parte del playlist que llevábamos, pues esos eran años en que no faltaba en la banda sonora de nuestras vidas.

Esa banda sonora hoy -aunque sutilmente cambiada- de todas maneras puede echar mano de esa genialidad de verso escrito por Martin Gore en 1983. Como hace más de una década: “when I’m not there, in spirit I’ll be there”.

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Sofía es psicóloga y socióloga. Amante de los perros y del mar. Además tiene una fobia no diagnosticada a los paraguas.


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