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Por Gabriela Coto

A mí de fijo ya me dio. La semana pasada me faltó el aire y me dolía la cabeza.
No le dije a nadie en la casa para no enredar la cosa. Pero de que me dio, me dio.

Y si no me dio y fue pura paranoia, pues ya está. Pasé a ser parte de la población inmune. A pura cabeza. Digo yo.

Todos los días es lo mismo. Da igual que sea lunes o viernes. Noticias, memes, consejos, reportes del día, infectados, descartados, muertos, multas, medidas, higiene extrema. Todos dentro de un túnel multicolor en forma de bicho peludo, pero sin luz al final. Y cuando digo todos, me refiero a todos los seres humanos que habitan en el mundo mundial. Algo nunca visto. Que si fue un murciélago, que si fueron los chinos, que si es el principio del fin. No sé, lo que sí sé, es que se acabó el Lysol.

 

A pesar de todo lo que he leído, siento paz. En serio. Igual no me queda de otra. Es que lo único que puedo hacer es no hacer nada. Lavarme manos. No tocarme la cara. Quedarme en la casa. Repeat. Parece fácil. “Que si me quedo en casa salvo vidas”. No sé. Ayer vi muchos carros en la calle. Gente caminando. Hablando muy cerca uno del otro. ¿Y si todo este esfuerzo que hago yo no lo hacen los demás? La carreta tiene que jalar parejo sino nos jodemos todos. Qué impotencia. Me c*go en Trump.

Qué montón de electricidad estoy gastando. No paro de abrir y cerrar la nevera. Que no falte la comida en la mesa. Que si esto, que si lo otro. Ya caminé, ya leí, ya lavé, ya medité, ya entendí, ya. Las horas pasan demasiado lento. El reloj de la cocina sigue parado. Igual que la rotación del globo terráqueo. Conspiración macabra. “Póngale pausa” y Boom. Qué miedo.

Cada vez que voy al supermercado cometo un acto suicida. Las verduras y las frutas están demasiado expuestas. Muchas manos. Todos los abarrotes han sido tocados. Guácala. Póngale. Siempre que estoy ahí me pica la cara. Mano-cara. Prueba infame de paciencia y dominio propio. Qué tortura. Los que andan con mascarilla se sienten empoderados, enjachan. Hay que pasarles de lado. La fila sin gente. Antibacterial en un dos tres. Pero no es que se trata de un virus? Nada que ver el antibacterial. Qué engaño. Qué enredo. Tarjeta, llaves, zipper de la cartera, bolsas de tela, manigueta de la joroba, manigueta de la puerta del carro, manivela, todo infectado. Quiero un traje de astronauta con ventilador que tire Lysol cuando lo estripo.

“Aprovechemos estos momentos de confinamiento para ir hacia adentro”, opinan los gurús y consejeros espirituales.Traducción sencilla para todos: Levantemos la tapa del basurero interno para que salgan miedos, vacíos, adicciones, fijaciones, desordenes químicos y hagan berrinche. Ojo ahí. Pandemia expansiva en tres, dos uno.

 

Voy por mi segunda serie de Netflix desde que empezó este circo. Mientras tanto, doctores y enfermeros alrededor del mundo arriesgan su vida y la de sus familias todos los días que salen al trabajo. Cientos de miles respiran artificialmente y muchos miles más, ni siquiera logran despedirse de su gente en Whatsapp antes de irse de aquí. Así de cruel, así de creepy. En el otro lado de la moneda covid, el Planeta Tierra sana sus heridas, se regenera y respira profundo. Animales libres toman el mando, bailan y gozan en su hábitat natural. Así de increíble. Así de cool.

 

El negocio del futuro se llama trueque. Futuro me refiero a setiembre del 2020. Aprovecho para ofrecerles desde ya lechugas, apio, kale, zanahorias, tomates y moras. Por ahora. Menú en crecimiento. Se reciben productos de todo tipo y Lysol.

 

Nunca antes la frase “Un día a la vez” ha sido más oportuna que ahora. Ansiedad covid cambio y fuera.


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