Por Gabriel Araya
@gabrielarayaherrera 

Cada vez que tengo este recuerdo trato de descifrar lo que realmente pasó.

Es muy probable que cada una de esas veces haya una palabra que de alguna manera me describe, es una especie de ejercicio relacionado con el conocimiento de mi propia identidad. Ejercicio peligroso, por cierto, porque lo que menos busco es encasillarme y también trato de no encasillar a las demás personas. Por ejemplo, es extraño que busque la definición de la palabra “tranquilo” en la página de la RAE, como si la RAE fuera algo realmente significativo en mi vida, o como si la RAE pudiera proveerme de identidad… pero bueno, por algo hay que empezar.

Lo cierto es que en el momento en que el hecho ocurrió, yo caminaba de puntillas por el hilo de las cosas, quiero decir, que de cierta manera me rozaba con la locura, sobre todo cuando tomaba guaro. Como ese día.

Pobre Sol, no sé cómo ella me soportaba. Bueno, en realidad nos teníamos mucho cariño y respeto y creo que eso sostuvo nuestra relación por mucho tiempo, pero cuando hubo alcohol de por medio, los incidentes resultaban un poco aparatosos, y no sé porqué, pero pasaban en los peores momentos, como en las reuniones familiares. Como ese día.

En realidad, solo hubo tres incidentes. Curiosamente los tres se relacionaban con un motivo en común: el matrimonio. Yo francamente no sabía en ese momento si quería casarme o no con ella. Tampoco sé realmente si ella quería casarse conmigo o si solo proyectaba las cosas lindas que ella llevaba por dentro en mí. Tampoco sé si sus padres o sus hermanas querían que yo me casara con ella. Es probable que no, porque, aunque nos llevábamos bien y nos tratáramos con mucho respeto y cordialidad, francamente creo que yo no era un buen prospecto para ser un buen yerno/cuñado. Podría extender un largo listado de las razones que yo consideraría si yo fuera la contraparte en la historia de nuestra relación, pero eso no viene al caso.

La reunión empezó a las 5:00 p.m. Llegamos muy puntuales. Pasamos por el supermercado a comprar algunas cosas que faltaban. El lugar donde se iba a realizar la reunión era una especie de parque pequeño en medio de un gran residencial. En el centro del parque, un quiosco en forma de pirámide, sin paredes, varias mesas y en los alrededores varios árboles frutales.

Como a las 5:20 llegó el resto de la familia: tíos, primas, amigas, abuelos. Había en el ambiente un cierto nerviosismo. La reunión era sorpresa. Acomodamos rápidamente todo y, como a las 6:15 p.m., la mamá de Sol nos dijo que le acababa de llegar un mensaje en donde su yerno le decía que estaban entrando al residencial. Apagamos la luz del quiosco y nos pusimos en silencio total, a lo lejos solo se oían los grillos y algunos perros. Entonces el yerno de mi suegra (mi cuñado) bajó de su carro y, entre risas cómplices, con su futura esposa, le ayudaba a caminar por el pasto, con sus ojos vendados, hasta el quiosco donde nos encontrábamos.

Me pareció lindísima la complicidad que se detonó: éramos un montón de personas adultas jugando, mientras escuchábamos las risas de Laura y su futuro esposo. Entonces se detuvieron justo en el centro del quiosco y, justamente antes de que saliera una carcajada de una amiga de la familia, el yerno de mi suegra le quita la pañoleta de los ojos a Laura y en ese mismo instante alguien detona un tubo con pólvora, haciendo tremendo estruendo.

Al mismo tiempo se encendía la luz y, a la vez, una ardilla caía desde más o menos 7 metros de alto, con sus patas abiertas justo en el centro de la futura pista de baile. Algunas muchachas gritaron, pero la mayoría de las personas se congeló, mientras la ardilla buscaba protegerse tratando de correr, arrastrándose sobre su panza e impulsándose con sus cuatro patas rotas. Lo que hacía, parecía inútil, pero aún así avanzaba. Cada vez que recuerdo esta imagen

 

Según la RAE, aquí hay algo que no cuadra con lo que estoy tratando de exponer. O tal vez yo estoy equivocado con el concepto que debería utilizar, pero confío en que la inteligencia, tanto mía como la de la persona que lea esto, sobrepasan, y por mucho, la importancia que puede tener la RAE en nuestras vidas, y en la de la mayoría de la población del planeta, así como en los mecanismos de comunicación que podamos entablar. Dicho de manera más breve: que el autor y las personas que leen, se entienden, por lo que la RAE, ya valió.

Retomando. Cada vez que recuerdo esta imagen, hay algo en mí que sigue quebrantándose por dentro. Se me desconfigura algo en el pecho y hay una sensación de cierta presión en mi nariz, en las puntas de ambos dedos medios de mis manos y pies, y el estómago como que se me mueve. Lo cierto es que el cuerpo de la ardilla se movía de manera completamente descoordinada, cosa que es rarísimo en seres que no tienen nada de condicionamientos sociales que les modifique su postura corporal natural, o su forma de moverse.

En detalle; mientras su pata delantera derecha se movía hacia el frente, la izquierda trasera hacía lo contrario. Si dividiéramos el cuerpo de la ardilla en dos hemisferios, derecho e izquierdo, a ambos hemisferios les ocurría lo mismo, así una y otra y otra y otra vez. Se generaba un desplazamiento del cuerpo de la ardilla que, como imagen, era bastante impactante, imagen que se desaparecía en medio de la oscuridad.

Fui a buscar a la ardilla y a mi búsqueda se sumó un ayudante de aproximadamente 5 años de edad. No logramos encontrarla. La fiesta retomó el que debería ser su curso. Solo yo y mi compañero de búsqueda mirábamos cada tanto hacia los alrededores, con el fin de dar con la ardilla. Más o menos cada dos cervezas mi compañero se acercaba a preguntarme si la había visto; mi respuesta siempre fue negativa. Más o menos a la cerveza número 8 yo me ganaba al público cantando No me conoces, de Marc Anthony, y más o menos a la número 12 ya nos estábamos yendo, después de recoger todo.

Estábamos subiendo en nuestros carros cuando la mamá de Sol gritó porque vio algo que se movía justo debajo de su carro y alguien dijo casi gritando: ahí está la ardilla.

Mi compañero de búsqueda se despertó inmediatamente y juntos nos fuimos a verla. Después se acercaron más personas y nadie sabía qué hacer. Según varios criterios, no había que hacer nada, sólo había que dejarla a su propia suerte, todo parecía que la ardilla moriría en medio de aquella fría noche después de varias horas de dolor. A mi compañero se lo llevó su madre contra su voluntad, y ya en presencia solo de adultos, dije: “la voy a matar”, tal y como lo había hecho un tío una vez con una vaca despeñada, o como lo hizo alguna vez un amigo con su querido perro por una extraña enfermedad.

Todo se trataba de piedad y empatía con otro ser. En este momento, porque considero clave la palabra “piedad” para cuestionamientos y necesidades identitarias, me voy a dar el permiso de volver a buscar en el diccionario de la RAE.

En esta sí coincidimos, al menos en la segunda mitad de la primer definición, y en toda la segunda y la tercera. Estoy seguro de que, si quien lee esto hubiera visto a la pobre ardilla y entendido su dolor y el frío de la noche y tuviera las mínimas agallas y respeto por otro ser vivo que está sufriendo tanto, me habría ayudado.

Pero tuve que hacerlo solo: quitarme el saco, meterme debajo del carro, sacar a la ardilla, llevarla hasta el puente, sostenerla, tomar una piedra de aproximadamente 5 kilos y con todas mis fuerzas (por odio hacia la situación y para asegurarme de que no tuviera que hacerlo nuevamente) darle en la cabeza hasta que esta se deformara por completo en el asfalto del puente. Le dejé unos segundos la piedra encima y luego levanté su pequeño cadáver y lo arrojé con ternura al río. Después me dirigí al carro, las demás personas me veían y yo no supe qué interpretar, porque yo sabía que ellos tampoco sabían qué interpretar, lo cierto es que, dentro de lo posible, yo estaba tranquilo.

Por cierto, en el pueblo de donde vengo a las ardillas se les dice chizas.

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Hace poco me di cuenta que de niño quería ser actor, y al descubrirlo me sentí muy feliz, porque sin querer me fui acercando a esto que todos los días me mueve tanto y me sigue acercando a ese deseo. Mi primera novela quedó sepultada en una pc windows 95, en 2003, y mi segunda, Los Superhéroes, al menos en este momento, creo que nunca va a estar lista.


 

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