Por Federico Umaña
@fedeuma

En uno de esos días complicados, a mi hija le alcé la voz más de la cuenta y ella así lo sintió.

Mi esposa me tiene varios sobrenombres, uno de sus favoritos es “mi chompipito”, que viene siendo, según su lógica, el diminutivo de chompipe. Le parece muy gracioso comparar mis arranques con el sonido que emite dicho animal (¡guru, guru, guru!). Y es que mi carácter, esa explosividad, ha sido para mí de esos retos constantes a través de la vida; la mezcla de sangre charrúa y el ejemplo en casa desde pequeño no ayudan en la tarea, pero poco a poco voy alargando la mecha a este cuarto de dinamita.

La paternidad le agrega un elemento adicional y sube la dificultad al reto de mantenerme en modo zen. Hace 8 años me enteré de que iba a ser papá por primera vez, ese anhelo que tenía desde joven se iba a volver una realidad; una niña, la había soñado y la estaba esperando con mucha ilusión. Ese romanticismo, esa idealización rápidamente fue cambiando, casi que proporcionalmente a las pocas horas de sueño que podíamos conciliar por noche. Nuestro mundo estaba de cabeza y cada pequeño detalle se volvía un problema, era como querer caminar con los pies amarrados.

Pasaron los años; llegaron los hermanos (sí, dos hermanitos de una sola vez) y la primera dejó de ser una bebé, para convertirse en una niña, más vocal y retadora. Comenzó a mostrar su carácter y sus posiciones; sus hermanos creciendo y necesitando atención completaban el panorama.


El resto de la vida va haciendo su parte, el trabajo, el estrés, ese exceso de futuro y falta de presente, la mala maña de preocuparnos por cosas tan inciertas que invisibilizamos lo que tenemos al frente. Llegó la temida metamorfosis, comencé a parecerme cada vez más a mis papás, a regañar como ellos, a usar sus frases y me fui dando cuenta que, en un abrir y cerrar de ojos, estaba en sus zapatos. Esas palabras que no me gustaba escuchar ahora salían de manera natural de mi boca y ese dedo que señala, casi de forma automática, golpe bajo de la paternidad, sin embargo, quería hacer las cosas diferente.

Ese juego mental y físico que predispone al cuerpo para comenzar ese viaje, en lo más parecido a una montaña rusa que conozco, tac, cansancio mental, tac, tac, cansancio físico, tac,tac,tac, sigue subiendo el vagón, tac, tac, tac, tac, el evento disparador y tac,tac,tac,tac,tac, llego a la cima. Hay un silencio sublime, se detiene  el tiempo por un segundo, veo el horizonte y ¡ZAS! Se suelta el vagón, a 200 kilómetros por hora, digo una cosa, digo otra, levanto la voz, ya solté los frenos, el vagón da tres vueltas, soy consciente de lo que hago, pero no puedo parar, alzo nuevamente la voz, digo algo que no debí y puf, freno al fin.

 

En uno de esos días complicados, a mi hija le alcé la voz más de la cuenta y ella así lo sintió. Al momento de acostarla estaba llorando, un llanto de tristeza real; le pregunté por qué lloraba, que si ella sabía lo mucho que yo la amaba. Me respondió con una calma y propiedad, fuera de lo común para una niña de 5 años: “yo sé que me amás, pero cuando me hablás así, no lo siento”. ¡Boom! Golpe directo al corazón. 

Pude escuchar cómo se iba rompiendo en mil pedazos, me sentí tan pequeño, tan pero tan pequeño… insignificante. Que todo lo que había construido durante años se derrumbaba al compás de la impaciencia, al compás de una voz enfurecida que enmascaraba lo que sentía.

No pasó a más, me levanté, me sacudí el polvo y luego la danza del perdón, esa que ayuda a reparar el daño, esa que procura dejar todo en orden. ¿Pero hasta cuándo me va a servir? ¿Cuál es el límite de tiempo para usarla? Ese miedo latente que merodea mi cabeza de que en algún punto deje de ser suficiente y que pueda lastimar sin opción de volver atrás. Ese riesgo que corro reaccionando así, ese riesgo de cruzar una línea y no ser capaz de regresar. Esa posibilidad de bailar juntos por última vez.

Caí en razón de que no quiero que me domine el chompipe (¡guru, guru, guru!), que quiero que ese sobrenombre se vuelva anécdota y quede únicamente como señal de cariño. Caí en razón de que no quiero correr ese riesgo; caí en razón de que me quiero bajar de ese vagón y caminar.

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Fede es papá de tres que se sienten como seis, adicto al azúcar y a las buenas conversaciones, con muchos conocidos y pocos amigos. Nadar lo mantiene relativamente cuerdo. Su momento favorito del día es acostarse y esperar que sus 3 monitos lo escalen cual parque de diversiones. Comenzó a escribir para conquistar a la que hoy es su esposa.


 

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