Por Sergio Leiva
@andaringallardo

Son las 10:30 de la noche del viernes.

Estoy poniéndome al día con la mejor actividad posible para ese día y hora de la semana: Hay dos nuevos episodios de Ru Paul’s Drag Race (versión gringa y  UK). Tres, si contamos el untucked, que es una especie de “behind the scenes” del show principal.

Lala Ri tiene lo suyo (sé que no es lo más pulido que haya estado en ese escenario pero hay algo ahí que no me extrañaría que le permita llegar lejos), Symone es increíble y Bimini es mi favorita de las inglesas hasta el momento.

En el episodio de hoy de la versión gringa, tuvieron que hacer un número musical que era como un documental sobre la música Disco. Unos hacían la época de los inicios, mientras otros se encargaban de la era de Studio 54. Ru Paul hace realmente lo que le da la gana. Y, por favor, que lo siga haciendo.

Ya para esta hora de la noche mi esposo había caído. Antes aguantaba aunque fuera los primeros diez minutos de programa; ahora ya ni hace el intento. Simplemente lo oigo moverse por el baño mientras se lava los dientes, cierra las cortinas del cuarto y prepara la cama para quedarse él con la parte en donde no haya edredón. Porque todo le da calor.

Yo antes le hacía berrinche porque me encanta acurrucarme, pero hay batallas que uno tiene que aprender a no pelear.
Pero este texto no tiene nada que ver con eso. Ni con Ru Paul.

Hoy todo se siente distinto. No estoy haciendo berrinche. Y creo que nunca había disfrutado tanto de quedarme viendo tele como hoy. Justo a mi lado derecho, donde usualmente me acurruco con mi marido, tengo a otro.

Hemos decidido meter a un tercero en la relación, y no es humano. Es como tener un peluche pero está vivo.

Lo vuelvo a ver y me salgo de mi cuerpo por un segundo para ver el cuadro: Sergio Leiva tirado un viernes por la noche viendo tele con un perro en el sillón. Esto, hace unas semanas, nadie de quienes me conocen bien lo hubiera creído. Ni yo.

Pero este perrillo mediano, cuyas vértebras y costillas aún se le sienten al tacto (a pesar de haber tenido una recuperación física bastante notoria en pocas semanas), logró entrar a nuestra casa y declarar telepáticamente, que nosotros seríamos suyos.

Toro, como las mejores cosas en la vida, llegó sin anunciarse ni ser buscado. Una amiga lo encontró en una casa cuna (que mejor la debieron haber llamado casa de hambre) y se lo llevó sin pensarlo para la suya. No se cuestionó nada. Simplemente sabía que ese perrito debía irse con ella.

Ella ya tiene un perro y dos gatos, pero eso no la detuvo. Le desapareció su antiguo nombre y, sin grandes ceremonias, lo rebautizó: Toro. Toro Lindo Vincent, su nombre completo.

Toro, porque cuando se reponga de sus años de hambre, este perro va a merecer estar en la portada de Dog’s Health (si es que dicha publicación existe). Lindo, por razones obvias, y Vincent porque resulta que tiene una oreja mutilada, ya que en las castraciones municipales tienen por costumbre, desde la edad media, marcar a los pobres animalitos con un corte absolutamente innecesario en la oreja cuando les remueven sus joyas. Como si no tener huevos no fuera suficiente.

En fin, heme aquí, viendo drag queens en el sillón mientras abrazo a quien, en este momento de fiebre y obsesión, considero mi nuevo hijo.

Hace dos semanas oí a alguien usar el término “Perri-hijo” y torcí los ojos. Hoy, en cambio, quiero mandarle a hacer ropa a la medida a este peluchito delicioso que se merece lo mejor del mundo.

Lo tenemos oficialmente desde hace dos semanas y ya lo llevamos dos veces al veterinario, le mandamos a hacer una plaquita y collar especial, se nos vomitó una vez por nuestra culpa y nos convirtió en una pareja de padres primerizos que se ponen de acuerdo para ver quién lo va a sacar a correr a sus dos salidas regulares de cada día para que haga ejercicio, evacúe tuberías y sea feliz.

Lo veo ahí acostado como un rollito de canela y me dan ganas de morderlo y darle besitos.

 – ¿Qué me pasa? ¡Es un perro!
Me digo a mí mismo, mientras trato de que se acurruque aún más conmigo como si no hubiera un mañana.

A Toro le encanta meter el hocico en rinconcitos que se sientan calientes y protegidos. A veces, para lograrlo, hace las contorsiones más extrañas (con sus patas largas que hacen que parezca más kanguro que perro), pero aunque parezca incomodísimo, logra ubicarse y se duerme delicioso.

Y lo mejor de todo es que lo entiendo perfectamente y siento que es un rasgo que de alguna extraña forma de inter-especie, heredó de mí. 

Algunos pensarán que qué raro. Pero me encanta dormir igual (con la cabeza metida entre almohadas o rinconcitos que podrían parecer incómodos). Y, por lo visto, a Toro también.

Aquí hago un paréntesis: Dormí toda mi infancia en una cama individual que pegaba del lado izquierdo con una pared. Y aprendí a hacerlo con la cabeza metida en el espacio entre la pared y el colchón, de manera que la pared fría y el colchón le dieran suficiente apoyo a mi cabeza para poderla meter ahí como un avestruz mientras el resto de mi cuerpo yacía plano sobre el resto de la cama.

Sigo diciendo, hasta el día de hoy, que algún día me mandaré a hacer una cama cuyo colchón tenga un hueco a la altura de la cabeza (como los de las camas de masaje) para poder dormir hacia abajo y con la cara aplastada entre cuatro paredes de espuma (sin limitar mi respiración). Cierro paréntesis.

 

– “Yo te entiendo Toro”, le digo telepáticamente. Yo sé que con costos podés respirar con la nariz metida ahí pero es demasiado rico. “Te entiendo, y apoyo tus decisiones y preferencias, hijo mío”.

Ya son las 11:30 p.m. Demasiado tarde para mí. Pero irme a la cama significa que tengo que separarme de esta delicia. Y, para peores, mañana se va de paseo para la playa por primera vez con su otro papá.

Ya tengo imaginado el álbum que le voy a armar de su primer viaje a la playa. Foto del momento en el que vió el mar. Foto debajo de una mesa escondiéndose porque odia el agua y todo le da miedo. Foto corriendo libre por la playa mientras caza cangrejos. Foto comiendo arena. Foto vomitando arena.

Voy a apagar el tele. Ya es tarde y ya no voy a poder dejar mi ventana de una hora sin pantallas antes de ir a dormir. Me siento tentado a quedarme en el sillón con Toro con tal de no separarme, pero también tiene que aprender a irse a dormir a su camita (la cual ubicamos en el cuarto, cual cuna de recién nacido para que no le de miedo)… porque ahora somos esas personas.

Toro Lindo Vincent en la playa por primera vez. Foto por Roig Brenes.

Este perrito nos llegó después de un año en el que todo cambió. Entró a nuestro apartamento con miedo a todo. Miedo a todo lo nuevo que le depara. Miedo, probablemente, al mismo miedo que tienen sus nuevos humanos de nunca antes haber tenido que cuidar a otro como él y no estar seguros de cómo hacerlo. Miedo, al fin, a los cambios inevitables que trae la vida.

En pocos días, hemos tenido conversaciones completas a punta de miradas y lenguaje corporal. Lo he visto darse cuenta de que puede sentirse a salvo con nosotros y también he notado cómo, a punta de sus rarezas y cariños, nos ha ido ganando hasta enamorarnos por completo.

Por alguna razón, Toro llegó cuando menos lo esperábamos. Nos ha recordado, en pocos días, no solo del amor que nos tenemos como pareja, sino que nos ha hecho ver que estábamos listos para compartir ese amor con un perrito de patas largas y oreja caída que, cada vez que sale a correr, se olvida de su pasado incierto y que, se va dando cuenta de que al final de cada salida, podrá volver, sin miedo, a hacerse un rollito de canela y meter su hociquito en el rincón más incómodo entre nuestros cuerpos y el sillón.

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Sergio es Comunicador, Productor Audiovisual, Director de arte, Artista y fundador de Good Food.



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