Por José Pablo Rojas C.

La diversidad de caminos espirituales y los filosóficos, concuerdan en la idea de que, la verdadera felicidad, habita en cada uno de nosotros, nos enseñan que la verdadera fuente de amor y el gran secreto de la plenitud serán encontrados mientras logremos expandir nuestra conciencia y trascender. 

El camino para llegar a ello, es mirar hacia adentro, reconocernos a nosotros mismos y vivir el: “Nosce te ipsum”. Pensémoslo un momento, incluso los caminos más alejados de cualquier influencia espiritual nos motivan a “ser nosotros mismos”, a “mostrarnos tal y como somos…”. 

Una y otra vez se nos recalca que la mejor vía para vivir con bienestar, se basa en conocer, aceptar, defender, expresar y sobre todo amar quiénes somos; pero partiendo de esto, ¿No parece una ironía que algo que está tan cerca y dependiente  de nosotros sea un problema que ha sido intentado resolver por tanto tiempo y de tantas maneras? ¿Por qué si está tan cercano,  parece ser el gran reto de la humanidad? y ¿En dónde surge esta desincronización que nos pone de cara con el desafío de ser uno mismo?

¡Crecemos con tantas trabas para esto! ¡No hay ningún espacio en nuestro desarrollo formativo que nos enseñe a conocernos! Estamos tan alejados de nosotros que no nos pertenece nada: ni lo que creemos, ni lo que decimos, ni lo que creemos saber, nacemos aprendiendo a ver el mundo que nos rodea con los ojos de un sistema despiadado  del que ni siquiera somos conscientes ni elegimos ser parte. Todo nos fue enseñado, y así es como, generación tras generación repetimos comportamientos, creencias, reproducimos miedos y traumas, que nos forma como miembros adoctrinados de comunidades con grandes vicios y de una sociedad injusta que ya ha perdido en gran parte su esperanza y armonía. 

Andamos por ahí sin razón de ser, viviendo sin disfrutar del regalo que debería representar estar con vida y de todos los privilegios que aún nos quedan a algunos, en contraste con aquellos no tienen casi nada. Al final nos sumergirnos en crisis, depresiones y relaciones tóxicas que no dan respuesta a las preguntas: ¿Cómo carajos llegamos aquí? ¿Dónde se fueron mis sueños? ¿en qué momento deje de ser feliz? 

Es ahí entonces, ahogados y desconectados en la rutina, que nos cobijamos con una manta de victimización, escepticismo, conformismo y desesperanza; en donde ya nos da igual…, el corazón se nos endurece y la conciencia vuelve los ojos a otro lado. Nos convertirnos es seres egoístas y básicos, que prefieren formarse en las filas del sistema y llenar sus sensaciones de vacío yendo detrás de falsos consuelos que nos distraen y  alejan  de la posibilidad de ser nosotros. Cegando y ensordeciéndonos la conciencia desarmonizamos el cuerpo, el alma y  el espíritu. Sin embargo, conservamos la idea que el placer de los sentidos, así sea, contraproducente, cortoplacista y desequilibrado, vale más que envalentonarse y enfrentar  la tarea de conocernos y reconciliarnos con nosotros.

Nuestro mundo enfermo y nuestra sociedad viciada, necesitan desesperadamente que hallemos el camino de vuelta a nosotros. Esos caminos que nos conducirán a un planeta donde todos tenemos un hábitat del que nos sentimos parte y  propósito que le dé sentido a cada día. Esa elección nos llevaría naturalmente, a una sociedad más equilibrada  donde se haría más que solo sobrevivir y los conceptos de amor y de paz tomarían un real y profundo significado. 

Necesitamos un mundo utópico con más luz y conciencia,  que ya ni siquiera imaginamos; sin embargo, intentémoslo por un momento. Visualicemos cómo sería vivir sabiendo quiénes somos, reconociendo nuestras fortalezas y talentos, sintiéndonos orgullosos de nuestras habilidades y permitiéndonos vivirlas y maximizarlas con orgullo. Encarando y sincerándonos con nuestros errores, debilidades y oscuridad; superando  nuestro dolor  con fluidez, porque sabríamos el cómo y el porqué de nuestros sentimientos sin vergüenza o prejuicio a expresarlos. 

Aceptaríamos que no lo podemos todo, que no  podemos ni queremos tenerlo todo, aceptaríamos nuestra vulnerabilidad. Amaríamos cómo nos vemos, cómo nos oímos, cómo se expresa nuestro ser; dejando atrás el miedo de no calzar, de no ser suficientes, de no tener, de no ser competentes, hábiles o atractivos. 

Si nos conociéramos más, a lo mejor no habría necesidad de tantas cosas; quizá, no ocuparíamos que nos dijeran, por ejemplo, cómo es aceptable lucir, qué es útil aprender, dónde vale la pena invertir tiempo y dedicación. A qué deberíamos aspirar, en que deberíamos creer, a quien, o que es correcto amar. Qué es válido sentir y, peor aún, qué es mejor ocultar. Si tuviéramos la valentía y nos atreviéramos a ser nosotros, quizá revolucionaríamos nuestras vidas y desencadenaríamos una serie de consecuencias que traerían solo bien. Vendría con salud, generosidad, empatía, tolerancia, respeto, paciencia, felicidad, aceptación, fuerza y cooperación. También incluiría realización, satisfacción, prosperidad, inclusividad e integridad; alcanzaríamos la armonía, el balance y amor propio. Habrían relaciones sanas, familias amorosas, comunidades más solidarias y empáticas, profesionales apasionados y realizados. Generaría economías más sustentables y balanceadas, habría menos estrés, menos apariencia, menos desigualdad y discriminación, menos rencor, menos de que escapar, menos de que vengarse, menos ambición, menos corrupción, menos maltrato  y a eso es lo que le llamaríamos sostenibilidad.

Hagamos un alto; sintamos indignación por esto que nos hemos hecho. Veamos un presente con esperanza, respiremos profundo para volver la mirada hacia adentro y reencontrarnos, reconocernos, para ver y sentir quiénes somos y empezar tal vez desde cero a experimentar un nuevo concepto de libertad y de “ser yo”.

Tomemos con coraje el control de lo más elemental, nuestra propia vida, mente y espíritu. Pongamos nuestra existencia hasta hoy, en una mesa de examinación y observemos, pesemos y clasifiquemos desde cero. Limpiemos la casa de nuestro ser, para reincorporar solo lo que realmente nos pertenece y  que nos deja sentir amor y no miedo. A lo mejor haya que ir a buscar un nuevo menaje y  experiencias que nos devuelvan la verdadera vida a la que tenemos derecho y podamos, esta vez, con certeza y paz, abrazar nuestra mismidad y autenticidad sin nada más que un profundo agradecimiento.

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José Pablo Rojas Castro es vecino de Heredia, está cerca de terminar su carrera en Ingeniería en Procesos y Calidad en la UTN.  Además es contador privado, ha participado en proyectos artísticos en danza, teatro y música. Trabaja en la industria de restaurantes y cuenta con su marca Elephante Rojo para brindar asesoría a PYMEs desde la perspectiva del desarrollo sostenible.


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