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Por Paula Piedra
@rositastone


No sé qué esperar que pase en lo que resta del 2020. Lo más honesto sería proponer lo que me dijo una amiga: cancelar el futuro. Lo digo porque tengo la sospecha de que el futuro siempre será este presente.

No creo haber descubierto el agua tibia; al contrario, me cayó de golpe -como a la mayoría, supongo- que si el continuo de todos los presentes pasados construyeron este presente, es decir, lo que hace unos meses ni siquiera pensábamos que sería el futuro, estamos como el hámster, condenados a correr o pausar, pero siempre en la misma rueda. No hay mucha escapatoria. 

 

En estos meses de pandemia, distanciamiento social y teletrabajo, he pasado por una amplia gama de emociones que me han llevado a pensar cualquier cantidad de cosas por las que inevitablemente he llorado, reído, gritado, bailado, estallado, salido a caminar y caído rendida, no necesariamente en ese orden, ni todas al mismo tiempo. Podría afirmar que la fiesta emocional de estos ya casi 4 meses de catástrofe está directamente asociada con procesos a los que he estado sometida, a nivel laboral, emocional, social, intelectual y hasta sexual, que se resumen en unos verbos que están de moda: reimaginar, repensar, reprogramar, reducir, decrecer, sostener, suspender y reorganizar. 

 

Digo que están de moda y este es un gesto irónico. Es porque a menudo representan un mero discurso y no acciones reales y concretas. Realmente no estamos determinadas a querer cambiar algo de raíz, a salirnos de la rueda, ¿o sí?

 

El otro día conversaba con un amigo, y me decía que estar a merced de algo tan abstracto e intangible como un virus es desorientador, y creo que es así, que debo de estar bajo el efecto de una absoluta desorientación. Cada día me levanto a darle de comer a la gata, desayuno, me pongo ropa de hacer deporte, salgo a caminar, regreso, me ducho, como una merienda mientras reviso correos electrónicos y busco en mi lista de pendientes lo que me toca cumplir en el día. Pero, ¿será esta nueva cotidianidad suficiente para construir un futuro distinto a este presente? 

 

Como quiero entender los ciclos y atisbar el futuro, hago un esfuerzo por recordar qué estaba haciendo hace un año. Me llega el recuerdo de un viaje a la Ciudad de México que al regreso me provocó un episodio de vértigo que me tuvo en cama por unos días, viendo para el techo para evitar pararme en el suelo movedizo. Esto lo asocio a la tranquilidad que me daba la gata que me acompañó de manera solidaria durante esos días y me aflige pensar que esa misma gata murió casi un mes después. Además recuerdo que a los tres días de la muerte de esa gata, tuve que hacer un viaje de trabajo a Puerto Rico.

 

De ese viaje hay algo que se siente como epifanía mientras hago este repaso. Las colegas a quienes visité me llevaron a todo tipo de actividad social, inauguraciones de arte, días en la playa, conversaciones agitadas, y siempre, todos y cada uno de esos encuentros terminó en una especie de catarsis post crisis del huracán María y de las manifestaciones sociales que lograron la renuncia del gobernador. Siempre escuché con atención, intentando comprender lo que me explicaban como un constante estado de crisis. Era obvio que estos eventos traumáticos les habían cambiado la manera de entender eso que tan por encima llamamos vida. Si pudiera resumirlo, diría que a estas isleñas se les reacomodaron las prioridades. Gracias a la seguidilla de catástrofes, entendieron el verdadero valor de la vida frente a todo lo demás. A la fuerza aprendieron a juntarse, a concebirse como una comunidad interconectada, guiada por un sentido de pertenencia y solidaridad y por el deseo de alcanzar un bienestar común. Eso fue lo que les permitió sobrevivir y contarme cómo se vive sin luz, gasolina, esperando año tras año lo que la siguiente temporada de huracanes traerá a una isla cuya historia política defrauda una vez y la otra también. 

 

En estos días de exceso de comunicaciones a distancia, lo lindo es que la gente que tengo lejos geográficamente ahora se siente igual de cerca que alguien que está a solo diez cuadras de mi apartamento. Hace una semana hablé con una de aquellas amigas puertorriqueñas. Ella iba manejando de Cabo Rojo a San Juan y yo caminando por las calles sin acera de Montes de Oca. Y ahí fue que me lo dijo. Al sentir mi ansiedad, las quejas con respecto a todos mis planes profesionales y personales cancelados, mi enojo por un presente que se siente como una larga espera en constante transición, mi miedo por haber perdido la ilusión del control, me dijo: “¡Ay nena, nena… cancela el futuro!”

 

*La frase “Cancelar el futuro” la dijo mi amiga puertorriqueña Sofía Gallisá Muriente, quien a su vez la robó de alguien más.


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Paula Piedra estudió unas cosas y ha trabajado en otras. Es escritora y madre de una gata. Actualmente forma parte de la Dirección Colectiva de TEOR/éTica.


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