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Por Eva Núñez Torres
Foto por Ana Hinojosa

Isla quizá ha sido una palabra cercana a mi historia de vida. Nacer en una zona rural de alguna forma hace que te sintás como distante a todo lo demás y por muchos años en mi adolescencia añoraba tener esas cosas. Cruzar el Cerro de la Muerte parecía la travesía más larga hasta entonces para aquella chiquilla que soñaba con comerse al mundo, y bueno cuando decidí salirme de ese charco muchos panoramas se ampliaron.

Por cosas de la vida, en algún momento me dije “¡Qué tuanis irse a una isla y que nadie te moleste; alejarse de todo”. Y aunque ya había nacido en un lugar que parece alejado de todo, la velocidad y el encierro del GAM solo me hacía querer regresar a esa calma. Me costó muchísimo acostumbrarme a no tener zonas verdes en las casas que habité, a tener que cerrar dos o tres portones con llave para sentirmee “segura” aunque sólo me asfixiaba, a no tener la posibilidad de las puertas abiertas de par en par para que fluyera el viento, a tener la posibilidad de conocer a lxs vecinxs y generar otras formas de convivencia. Así que busqué espacios en donde me permitiera tener esas posibilidades, tener el privilegio de a-isla-rme en un lugar cogestionado siempre.

En esos años, tuve la experiencia de trabajar en las islas del Golfo de Nicoya mientras estaba en la U y aunque me gustaba el trabajo que hacía ahí y el aprendizaje adquirido, salíamos todos los días. No recuerdo haber tenido espacios de ocio prolongados o la oportunidad de quedarme a dormir ahí y vivir “en la isla”. Parecía que ese deseo no se cumplía, esa posibilidad de sensación de desconexión incluso territorial seguía siendo un misterio.

Y cómo un bichillo que se quería comer el mundo, quise viajar. Y elegí Cuba como destino. Parecía el destino perfecto para cumplir el deseo de aislarme de todo el mundo y al mismo tiempo vivir esa experiencia de estar rodeada de agua hacia donde una vea, y quería hacerlo con mi mamá ya que ella decía que quería comer las cosas ricas que hacían “las negras”. 

Para mi sorpresa, sí me alejé de todo el mundo, pero no porque haya ido a Cuba como lo había planificado, sino porque la muerte sorpresiva de mi mamá me hizo tener mi propia isla, el último lugar en dónde la vi con vida: una montaña en Heredia, aunque eso no lo tenía claro hasta hace poco. Así que cada vez que me sentía sola, triste y que no podía más… subía, lloraba, me sentía vencida y la recordaba. Era mi sitio perfecto para a-isla-rme, sentirme, y de alguna u otra forma soltar todo el dolor y enojo de ese duelo que no planificaba sobrellevar a esa edad.

Aprendí en ese lugar que el amor trasciende la vida, y que si algo me dejaba la muerte de mi mamá era que con el tiempo se convierte en un bonito recuerdo. Esa montaña, me sirvió para darme cuenta de eso y pensé en cuáles otras cosas podría aprender y soltar, como parte de todo ese proceso retomaba mis sueños, mi vida y con eso mis miedos de seguir ese plan “sola”.

Así que de nuevo empecé a plantearme esa posibilidad en mi vida, logré ahorrar (tal vez no lo suficiente) y me dejé acompañar. Y me fui, me fui con una mae que me gustaba, y el amigo de ella. Parecía el plan perfecto para que fuera un desastre pues básicamente no les conocía bien, pero de alguna u otra forma era algo similar a mi plan inicial, el de sentirme a-isla-da del mundo y de las cosas.

Sin duda fue difícil, llegué a la terraza del lugar que conseguimos para dormir y la sensación de sentir como que me “escupieron” ahí fue abrumadora desde el día 1. Ver mar en todas partes quizá no era taaan chiva como lo imaginé en ese momento, y me sentí atrapada. ¿Extraño no? La mae que quería sentirse alejada de todo y que nadie me molestara, queriendo regresar en el momento que me bajé de aquel avión.

Por mi de-formación profesional, tenía una visión quizá más crítica e histórica de “LA ISLA”, y quizás también una idea romántica de lo que me esperaba el conocer de “primera mano” aquella historia revolucionaria ( para que entiendan un poco: soy acuario) que cambió la historia global y su propia historia. ¿Qué se diría de Cuba en la historia mundial sin el Che y Cienfuegos? Me gasté mi viaje y ahorros en cada uno de los museos que contara la historia, y creo que nunca había tenido tantos dolores de cabeza como esa vez.

Hablar con la gente parecía a veces un discurso ensayado. En otras era una clase de historia, otras un vómito de enojo arraigado y pasado de generación en generación, y en otras la mejor historia jamás contada de cómo hacer las cosas “imposibles”, “posibles”. 

Me topé con una obra de arte que me hizo poner en gráfico la sensación que tenía en esa isla. Era una pintura de un trozo de tierra y el mar, pero de ese pedazo de tierra salía otro que parecía flotaba sobre ella o que fuera una isla sobre el mar, y una nube que parecía cubrir ambas partes de tierra o solo la “isla” según cómo se viera. Se llamaba “Relación” y sí, parecía que de verdad tenía relación con las obras que tenía a la par y en sí misma. Porque al final, el trozo de tierra que faltaba se “convertía” en lago, y el trozo que salía se “convertía” en isla, y la nube es vapor de agua condensado, como las nociones e ideas que tenemos de las cosas.

Y ahí lo entendí todo, ¡es un asunto de perspectiva! Y desaprendí que las islas son trozos de tierra sobre agua, porque aunque existen y es un hecho, hemos también generado con el paso de los años nuestras propias islas en los ir y venir de experiencias que hemos tenido. Entendí que Pérez Zeledón había sido mi isla un tiempo y lo recuerdo con afecto, que la búsqueda de zonas verdes en la GAM eran pequeñas islas verdes cuando se ven desde satélite, y que la montaña que me recordaba a mi mamá había sido mi propia isla para sanar el dolor. Y sí, aunque geográficamente existen islas y hay personas viviendo en ellas, comprendí también su desesperación por salir a conocer otros mundos, como mi propia desesperación de cruzar el Cerro de la Muerte para seguir mis sueños.

Ahora que lo veo en perspectiva me doy cuenta que esa ha sido mi dinámica de vida siempre, y que añoraba algo que ya tenía sin darme cuenta. Es cierto que la posibilidad de tener esos a-isla-mientos es distinta en las zonas urbanas que rurales, pero ahora con el Covid-19 y el distanciamiento social obligatorio, he pensado en eso.

Ha sido difícil no tener la posibilidad de “escape” en estos tiempos, aunque ese escape siempre haya sido para mí a-isla-rme. Me he sentido como me sentí en Cuba, o en las islas del Golfo de Nicoya, con esa misma desesperación por salir de ahí. Escribir esto me ha hecho también darme cuenta que tengo acá al otro extremo del país mi propia isla de nuevo, y que acudo a ella en los momentos de ansiedad y desesperación, cuando siento que no puedo más ¡camino y voy al lote! Sigo subiendo a una montaña que me hace sentir tener ese espacio seguro y propio, ese sitio de escape para soltar y sanar, llorar y reír, recordar y olvidar, aprender y desaprender…

Y aunque esté llorando “en calladito” mientras reconozco lo difícil que ha sido para mí que me obliguen a aislarme en el momento de mi vida en que decidí no hacerlo, agradezco que el distanciamiento me haya obligado también a repesarme y sentirme desde otros lugares. A fin de cuentas, aunque he dejado algunas cosas, he retomado otras que me ensanchan el corazón que siento que me va a explotar.

Ahora mi casa y el lote son esas pequeñas islas que decidí habitar, cuidar y cultivar. Y por primera vez, en los tres años que llevo acá, siento arraigo a este pedacito de tierra, como lo siente la gente en Cuba, o en Isla Caballo, Isla Chira e Isla Venado. Y como probablemente lo sienten todas las personas que habitan espacios pequeños rodeados de agua.

Eva Núñez Torres es soñadora y acuariana de nacimiento (y por d-efecto), feminista, bichillo musical y escritor, aficionada a la fotografía. Socióloga y antropóloga.

 


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