Los primeros bailarines del swing tico 

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Por Eric Madrigal Venegas
@eric_madrigal_cr

Así fue el origen del swing, tal como lo vivimos.

¡Teus bede tirsen el swing! * 

En este Día Internacional de la Danza podemos celebrar también aquellas que están más íntimamente relacionadas con nuestro contexto costarricense, el swing y el bolero criollo, expresiones de nuestro Patrimonio Cultural Inmaterial. Son dos expresiones culturales que Costa Rica debe proteger y promover pues representan nuestro “endemismo cultural”, un rasgo único en nuestra fisonomía cultural que nos distingue entre el cúmulo de la cultura mundial.

En el ambiente popular se utiliza el término bailar en vez de danzar.  Sin embargo, aunque algunos teorizan sobre sus diferencias, lo cierto es que etimológicamente ambas palabras, la primera proveniente del latín (ballare) y la segunda del francés (danser), expresan la misma condición, el movimiento del cuerpo con la música.

Se puede ser un buen bailarín o no, desarrollar capacidades en academias o simplemente dejarse llevar, ceñirse a un conjunto de pasos o expresar la liberalidad del sentimiento.  El Día Internacional de la Danza conmemora el disfrute de esta capacidad que tenemos todos los seres humanos.  Nadie debe sentirse excluido.

En consonancia con este sentido de libertad del movimiento, don Jorge “Pelusa” Miranda, habitante de Cristo Rey, uno de los barrios populares de San José, expresa, con respecto al origen del swing costarricense que,empezamos a bailar a cómo nos dio la gana, rompiendo de esta forma con ciertas normativas que se habían impuesto en los grandes salones de baile de la ciudad de San José.

A inicios de los años 60 del siglo XX, don Jorge, siendo apenas un joven saliendo de la adolescencia, visitaba asiduamente, junto con su grupo de amigos y amigas, los pequeños salones de baile de los barrios del sur de San José, algunos de ellos meras cantinas o sodas con minúsculas pistas para bailar.  La rocola y sus discos de acetato reinaban en estos espacios “a una cora (25 céntimos) las tres canciones”. 

El dueño del lugar era el encargado de mantener una buena selección de música y sobre todo, dotar a la rocola de nuevo material con los éxitos del momento.  Gran furor causaba entre los jóvenes la música de la recién fundada Sonora Santanera (México, 1960), sus boleros rítmicos y sobre todo, sus cumbias tropicalizadas (ritmo de cumbia colombiana pero con formato de gran orquesta).

En el barrio de Sagrada Familia, estaba la sodita Chavarría, también conocida como El Paramount.  El dueño se esmeraba por conseguir los acetatos de esta orquesta, pero mantenía su distinción conservando aun algunos discos de Glenn Miller (swing americano) que eran bailados con pasos de rock and roll.  Había que responder a los gustos particulares de los clientes.  El Paramount conseguía un poco de lo nuevo y mantenía un poco de lo viejo.

Hay hechos históricos que solo un pequeño grupo de personas los pueden recordar pues fueron sus protagonistas.  Si estos hechos no trascienden o no son contados por ellos, como testimonios de vida, suelen desaparecer dejando el camino abierto a las especulaciones, a las teorías del anonimato o a la injusticia del olvido.  Son especialmente susceptibles a esta pérdida de la memoria histórica, los hechos de la gente común, de personas colocadas en la periferia de ese concepto de la historia que relata solo grandes acontecimientos y hechos heroicos.

Este es el testimonio de don Jorge “Pelusa” Miranda, el padre del swing costarricense:

“La cumbia en esa época se bailaba suelta, como si fuera una guaracha.  A mi hermana Grace, su novio “Lovillú”, mi novia Mayela y a mí, nos gustaba ir al Paramount en Sagrada Familia.  Era uno de los pocos lugares donde aún se podía bailar la música swing pero también lo nuevo, en especial las cumbias de la Sonora Santanera.  Estando en esas, en algún momento, sin quererlo ni pensarlo, le tomé la mano a Mayela y le hice un paso de swing (realmente fue un paso de rock and roll) mientras bailábamos una cumbia.  Nos quedamos sorprendidos de lo bonito que se sintió.  Lo volvimos a repetir una y otra vez.  Se ajustaba muy bien a la música.  Algunas personas se nos quedaban viendo, supongo que les parecía raro el asunto.  En el barrio (Cristo Rey) lo seguimos practicando, con un viejo tocadiscos o con la música de la radio, le agregamos algunas cositas más, se lo enseñamos a nuestro compitas.  Al poco tiempo ya solo de esta manera bailábamos la cumbia y lo que no recuerdo es sobre cuando le empezamos a llamar swing.  En los saloncillos de barrio nos empezaron a imitar, pero en los salones grandes no nos permitían bailar así e incluso en algunos nos echaban fuera.  Así fue el origen del swing, tal como lo vivimos.”

¡Cuánto colorido nos muestra este relato sobre el origen del swing de los ticos! En él se recopilan sus expresiones más significativas que aún hoy en día siguen siendo sus principales características.  El swing se nos muestra comunitario, urbano, híbrido y situado en realidades concretas.  Un asunto de amistad.

Ya casi sesenta años han pasado. En el transcurso del tiempo se han sumado muchísimos pasos diferentes, imprimiéndole al swing su propia identidad: se han vivido experiencias compartidas que incrementan el sentido de “comunidad de intereses” y las nuevas generaciones son invitadas a aumentar la riqueza de la herencia.  El swing se sigue creando y recreando, entre amigos y amigas; continúa siendo una cultura viva que genera entusiasmo.

El gusto por la danza o el baile, como sea que lo llamemos, está inserto en el corazón y en la vida de la gente y sus comunidades como una forma de expresión cultural e incluso como un modo de vivir.  El swing ha marcado a sus bailarines y muchos tejen su vida a su alrededor, bailando sin tregua y con orgullosa pasión.  Con su entusiasmo han garantizado la transmisión de este patrimonio cultural inmaterial a las nuevas generaciones.  Hay mucho que agradecerles por su colaboración en la construcción de nuestra identidad nacional.

 


 

Eric Madrigal Venegas es ingeniero químico, portador, gestor sociocultural e investigador independiente del swing y el bolero criollo costarricenses.  Fundador de la Asociación Cultural del Swing y el Bolero Costarricenses (ASWINGBOL), del grupo sociocultural Tejar Swing en Tejarcillos de Alajuelita y el grupo Jardines socioculturales de Hatillo.  Desarrolla su labor propiciando espacios donde la voz de la gente y su cultura popular sea expresada y escuchada, contribuyendo con sus derechos culturales y la transformación social a través de la cultura.  Se ha especializado en gestión sociocultural, sistematización de experiencias, desarrollo de políticas culturales de base comunitaria y gestión sociocultural del Patrimonio Cultural Inmaterial. 

 


 

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