El ruido de la “alimentación consciente”

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Por Larissa Soto
@lari_iral

Un gran porcentaje de lo que posibilita que una persona tenga algo en su mesa, escapa a sus decisiones.

Tomar asiento, masticar despacio, involucrar todos los sentidos, reconocer las emociones, e incluso el agradecimiento. Atención plena a la hora de comer.

Hija del mindfulness, y con el avance de algunos estudios en nutrición y psicología, llegó el mindful eating. La “alimentación consciente”, como se traduce comúnmente al español, comprende una serie de técnicas para que las personas ganen control sobre sus hábitos. Súper necesaria en un contexto occidental, en el que crece la prevalencia de malnutrición.

El ruido inició cuando el concepto se salió del ámbito clínico (punto para la divulgación científica), para entrar al mundo de las redes sociales, usándose para hacer fashionable una estética, un estilo de vida con productos y preparaciones en tendencia.

Y es que cada persona puede entender el concepto intuitivamente, al unir “alimentación” con los valores personales asignados a “consciente”, y cualquier cosa que piense que signifique (punto para el marketing).

Así, dejarse llevar por el algoritmo puede ser una experiencia mística, esotérica, pseudocientífica, o llenarnos de imágenes de bienestar y salud, problemáticas cuando apelan al viejo estigma del peso corporal y la llamada cultura de las dietas.

Pero se puede bajarle al ruido de la ambigüedad, utilizando conceptos que se refieran a lo que queremos comunicar. Por ejemplo, en lugar de usar “consciente” para un producto del que se conoce de dónde proviene, se puede hablar de que es de comercio justo, que sí es algo medible. Podemos saber si una cadena de suministro es justa, teniendo en cuenta ciertos criterios socioeconómicos. 

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Una persona no es malvada cuando nos llama a “la consciencia”, tampoco cuando, desde sus mejores intenciones, nos invita a mejorar. Debemos escuchar. Pero también observar cuando es una industria alimentaria, no necesariamente más saludable, mejor para el ambiente, o más justa.

Sí, nuestra alimentación necesita atención plena. El peligro está en calificar nuestro propio plato como “consciente”, habilitándonos a ver el del otro como inconsciente, ignorante, o inferior. 

Un gran porcentaje de lo que posibilita que una persona tenga algo en su mesa, escapa a sus decisiones. Esto se conoce como el entorno alimentario: es la oferta, la publicidad, los mercados, el acceso, y hasta el etiquetado. 

Una vez que la decisión está en el dominio individual, otros factores entran en juego, como el sabor, el costo, las necesidades nutricionales específicas (de acuerdo con actividad física, padecimientos crónicos, uso de fármacos, etc). Pero también, cada quien come lo que come según su expresión personal, su salud mental, su género, su edad, e incluso tomando en cuenta consideraciones culturales o lo que implica por el hecho de vivir con su familia. 

El capitalismo deposita la responsabilidad de la transformación de [inserte cualquier ámbito] en el consumidor final, en el individuo. De súbito, comer saludable no se trata de políticas públicas, de educación, de entornos alimentarios, de economía local y solidaria, de producción bajo límites planetarios o de seguridad alimentaria. Sino que depende de un concepto etéreo y subjetivo: la “conciencia”. Con la tentación del juicio de valor, nos dice que los alimentos “buenos” están ahí, pero que depende de cada quien seleccionarlos.


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