El arte como salvavidas

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Por Daniela Rodríguez
@chifurinfula

El año más silencioso de la vida estaba llegando…

Por una memoria colectiva, fue que escuché muchas veces, historias mías que soy incapaz de recordar; como el estuche de violín que hizo la función de cuna mientras me dormía con las sinfonías de Bach, Haydn, Tchaikovsky, Ravel, Strauss y otros, durante los ensayos de mi papá con la Sinfónica Nacional en el año 1985.

Es también el caso de cuando pude ser la espectadora devota de los múltiples ensayos de mi mamá, cuando bailaba en la Compañía de Danza Universitaria, en 1987, y más tarde, con el grupo independiente Losdenmedium. 

Caminé por los pasillos del edificio que hoy es el Museo Calderón Guardia, en el programa de la Sinfónica Juvenil estudiando cello en 1990. Después, recuerdo salir corriendo, con las luces apagadas de la sala en la última canción de los conciertos de Adrián Goizueta y el Grupo Experimental, gritando desde las butacas hacia los camerinos del Teatro Nacional para saludar a todos. 

A mis siete años, me estaba esperando Fidel Gamboa para cantar mi primer jingle en un estudio de grabación, y el corazón, que se me iba a salir, fue el augurio más emocionante que experimenté siendo tan joven. A partir de ese momento, la música siguió cautivándome, cuidándome, provocándome y habitándome completamente, como un lugar seguro y aventurero.

Desde mi primer encuentro con la música, hasta el día 06 de marzo del 2020, jamás imaginé, en todos estos años, que iba a vivir una pandemia. Historias obsoletas que escuché muchas veces de mis abuelas y bisabuela, que por más detalles que conociera jamás me habrían podido preparar para lo que vendría. 

El año más silencioso de la vida estaba llegando, cargado de incertidumbre, de tristeza y miedo, de largos meses de encierro y distanciamiento social que, a pesar de ser los únicos recursos posibles para combatir a este diminuto enemigo, se convirtieron en una constante amenaza para la salud mental. Una crisis para la que nadie estaba preparado, cuestionando todo lo que teníamos normalizado; una crisis que venía a reajustar para reinventar.

El 13 de marzo del 2020 fue el último concierto masivo presencial de Malpaís en Amón Cultural, con tres o cuatro cuadras de la Avenida Once repletas de gente disfrutando de la música y actividades del festival, y el 16 de marzo se declaró estado de emergencia nacional en todo el territorio.

En medio de aquella cuarentena, las ciudades en reposo con las calles vacías, hicieron un replanteamiento del valor social, económico y político de la música, como un sector urgente para soportar la crisis, con fuerza, voluntad y cooperación para crear, para sostener y resistir.

Iniciativas auto gestionadas, estatales y de empresas privadas tuvieron efectos positivos y transformadores, ofreciéndonos la oportunidad de comunicar y compartir maravillas en las que, de no ser por la tecnología, no habríamos incursionado. Lograron conmovernos en los momentos más inciertos, con diferentes formatos como los auto conciertos tan fascinantes, con sesiones de grabación súper valiosas, con los sinpemóvil voluntarios, con el apoyo incondicional de los espectadores a pesar de los errores cometidos en este inédito panorama, siendo comprensivos con esta nueva forma de expresarse artísticamente.

Poco a poco se irá recuperando la vida cultural, restableciendo la confianza del público y cuidando la salud de los ecosistemas artísticos, como espacios generadores de empleo (y dinero) para muchos otros sectores.

No imagino un solo día sin música, sin emocionarme por alguna canción que escuche o alguna que le cante a mi hijo; es terapéutica e indispensable para empezar mis jornadas. Extraño profundamente los conciertos llenos de personas pegadas a la tarima, cantando a todo volumen con sus miradas cómplices y esa conexión indescriptible que se vuelve medicina.

La cultura y la salud son bienes públicos y derechos irrenunciables. Pensar en un regreso a lo mismo es imposible; es necesario reinventarnos en esta nueva comunión interactiva con toda la energía, resiliencia y sentimiento necesarios para seguir emocionando. Para mí el arte ha sido una necesidad para mantenerme descubriendo la vida: es dopamina, es respiro, es magia y expresión. No pierdo la esperanza de volver a disfrutar de la hermosa experiencia de estar en vivo; de la memoria artística, del ritual de encuentro.


Sobre la autora:

Daniela es diseñadora gráfica, cantante, mamá, amante de los podcast, feminista en construcción permanente.


 

 

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