Un inevitable final feliz

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Por Verónica Castillo
@travel_mood_on

Mi primer acercamiento al cine fue por medio de la televisión.

Si bien jugaba bastante en el patio de mi casa cuando daban Los Magníficos en canal 6, la hora del juego en el patio se acababa y comenzaba a prestar atención a lo que pasaba en pantalla.

Tenía solo 7 años y este era mi programa favorito: un cuarteto de genios que resolvían misterios y asesinatos, se disfrazaban  y, por sobre todas las cosas, hacían explotar muchos carros en el aire. (Ahora de grande, entiendo que no era tan raro que ese fuera mi programa favorito, siendo la hija de un criminólogo). Todo por ayudar a otros, todo por un bien que les trascendía. Y no es que quería ser un ex convicto que regresa de la guerra de Vietnam y tiene que sobrevivir siendo fugitivo del gobierno pero, en definitiva, quería ser esos personajes; quería ser como ellos (lo que en verdad quería hacer era interpretarlos, estar dentro de la pantalla con ellos). 

Quería ser Murdock porque era gracioso y, además, me parecía guapo. El tema es que en 30 minutos este cuarteto pasaba de estar en unos problemas enormes a resolverlos y ser unos cracks, salirse con la suya y nunca ser atrapados por el gobierno. Eso quería yo. Ser una crack y nunca ser atrapada por los dogmas del sistema.

Una vez por semana, mi abuelita pasaba por mí y me llevaba a hacer vueltas con ella al centro. Yo esperaba ese día con muchas ansias. Ya teníamos una dinámica: la idea era ir a pasamanerías en San José y buscar los hilos y las telas para ella (lo cual a veces era medio aburrido para mí) pero la recompensa estaba en que después de tener la oportunidad de pasearme con ella por Chepe, mientras me enseñaba y me pedía memorizar los números de las calles, íbamos a comer ‘Pizza Hut’ y seguidamente a la tanda de las 3:00 p.m. a cine Omni. 

Ahí, de nuevo, me pasaba lo que me pasaba con Los Magníficos, empezaba la película y apagaba la cabeza por dos horas, confirmando aún con más seguridad de que lo que sea que yo decidiera hacer cuando creciera tendría que ver con esa pantalla. Dos horas de película llegaban siempre a un inevitable final feliz y me daba cuenta que todo en la vida siempre iba a estar bien. Todo tenía una solución. En el caso de mi vida, las historias fueron la solución.

En la escuela nunca tuve muchos amigos. Los rumores eran que cuando mis compañeritos iban a hacer tareas a mi casa, yo les enseñaba los libros de criminología con los que había estudiado mi papá, donde habían fotos de cuerpos diseccionados, explicaciones de cómo ocurrió X o Y asesinato y fotos, muchas fotos, de cosas que ningún niño jamás debería ver.

Esos rumores eran ciertos y, aunque mis padres me escondían los libros, siempre los encontraba y seguía asustando a mis compañeritos y así me las arreglaba para seguir jugando sola, sin amigas, ni amigos, ni juegos, ni reglas a seguir. Era yo decidiendo lo que quería jugar. Sin embargo, cuando había que exponer en la escuela aprovechaba para contar historias que hacían a mi clase reír un montón y esos eran mis 15 minutos de fama. 

Yo pensaba que nadie se daba cuenta que esas historias eran inventadas y que mis compañeritos de clase se creían todo lo que contaba, aunque ‘La niña’ en definitiva no, pero me dejaba seguir y siempre le decía a mi mamá: “Verónica sí que tiene imaginación, hay que ponerla a hacer algo creativo para que la explote mejor”.

Y así fue como mi mamá optó por meterme a clases de dibujo para que yo extendiera la creatividad que llevaba por dentro. Así entré a la ‘Casa del Artista’ y experimenté bastante con óleo, acuarelas, carboncillos y vitrales, estos fueron los sujetos de mi atención por un buen rato de mi vida. Aún así, nunca se acabó la media hora que separaba para ver ‘Los Magníficos’, ni los días de cine y pizza con doña Maida, mi abuelita.

Así habrán pasado unos cuantos años, hasta que llegó una nota muy baja en matemáticas y mi mamá decidió que no podía continuar dando tanta pelota a las artes. Así que se acabaron las clases de pintura y tuve que entregar mi tiempo a los números. Contrario a los Magníficos, no pude escapar del sistema esa vez. 

Ya más grande y habiendo aprendido que no está bien andar enseñando fotos de escenas de crímenes a niños menores de 13 años, hice amigos nuevos. Justo tenía este par de vecinos que eran como de mi edad. Y con el timing perfecto, cuando mi mamá decidió que tenía que poner en pausa la producción de mis grandes obras artísticas en vitral/óleo y carboncillo, el papá de mis vecinos se compró una cámara. Era una Sony y se le ponía un cassette de VHS. 

Ahí llegó el tiempo donde los juegos se tornaron a otro nivel. Empezamos a hacer un formato tipo “Programas de TV” que incluían sección de chistes, videoclips y sección de cámara escondida. En este último lo que hacíamos era pararnos en la calle y señalar el cielo con cara de ‘ojo el OVNI’ y era muy divertido capturar las reacciones de la gente buscando algo en el cielo que no existía. Juro que éramos un tipo de “Youtubers” de la época. Ahí, a mis 13 años dije: ok, quiero trabajar haciendo esto. 

Dicen que lo que importa es el viaje y no el destino. Descubriéndome a mí misma, descubrí de lo que quería trabajar. Y descubriendo lo que quería trabajar, me descubrí a mí misma. Yo me encontré inevitablemente en cada película, cada comercial, cada videoclip, cada documental en el que he participado.

Al cine entré por el lado de la producción. Gracias a que aprendí a hacer amigos con mis mismos desvíos mentales, a quienes les parece realmente interesante que les muestre un libro de criminología y con quienes tuve la oportunidad de empezar a experimentar en el campo.

Esto es, en definitiva, lo que quiero hacer por el resto de mi vida. Trabajar en la producción de historias, que nazcan desde todas mis partes y que lleguen a todas las partes donde tengan que llegar, por propósitos que me trascienden, como hacían “Los Magníficos’. Este es mi inevitable final feliz.

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Tica que vive en Argentina. Dame chocolate, una cámara, Foo Fighters de background music y soy feliz. ¡Ah, y un avión!


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