Carpetas de colores

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Por Diego Castillo
@diegocecr

Y, entonces, busqué un folder y un marcador; sobre él escribí, y todo empezó a tener sentido. 

De ahí en adelante, ya solo había camino hacia arriba, aunque siguiera en el fondo del precipicio.

“Buenas; soy Diego Castillo, de La Nación”. Durante más de 5 años tuve ese segundo apellido: “de La Nación”, el cual me abría las puertas de ministros, diputados, deportistas y muchas otras figuras.

En ese tiempo, pensaba que podía llegar a ser uno de los mejores periodistas del país o, incluso, el mejor. Sentía que tenía el talento y la tenacidad.

Mi sueño era trabajar en La Nación. Y así fue. Fui seleccionado a través de un convenio entre la universidad y el medio de comunicación. Trabajé al lado de los periodistas que admiraba y leía en mi época universitaria, tenía un grupo de compañeros con los cuáles reía todos los días; conocí a presidentes, astronautas, ministros, deportistas y artistas y viaje a muchos rincones del país.

Contaba con un sólido grupo de amigos, de los cuales yo era el que tenía mejor trabajo, mejor salario y el único con carro; era al que “le iba mejor”. Además, inicié la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica, lo cual me tenía inmensamente entusiasmado. Asistía al gimnasio, nadaba y practicaba artes marciales. En general, todo iba muy bien.

Sin embargo, después de un tiempo, varias cosas cambiaron en mi trabajo: pasamos a una nueva redacción, hubo un despido masivo que fue difícil de digerir y el ambiente de trabajo dejó de sentirse como un espacio seguro. Tuve fuertes roces con mi jefatura y la relación con la mayoría de mis compañeros era prácticamente nula. Mi sueño, poco a poco, se desvanecía y se transformaba en una pesadilla.

Un día, a punto de entrar a mi apartamento, cargando el peso de todo eso negativo que me hacía caminar más lento y más frágil, ingresé al garaje, y camino a la puerta, me desplomé. Caí al suelo con mi espalda contra la pared. Solo pasó: empecé a llorar. Entonces, me percaté de que ya era suficiente, que tenía que salir de ahí. Pocos meses después, presenté mi renuncia.

Tras estar cuatro meses sin trabajo ingresé a una agencia de comunicación, a la cual renuncié poco tiempo después para aprovechar una oportunidad en un medio de prensa. Asumí ese reto con las ilusiones renovadas; pero me encontré con un ambiente laboral sumamente pesado. El jefe de redacción me trataba muy mal y, dos meses después de haber iniciado, me llamó a la oficina. Me despidió y me entregó una carta de tres páginas diciendo todo lo malo, ineficiente, pésimo y mediocre profesional que era. Las peores cosas que he visto sobre mí. Ese despido inesperado y esa carta voraz me destrozaron.

Estuve otros seis meses desempleado, hasta que conseguí un trabajo como analista de datos para la campaña presidencial del 2018. Ahí también viví momentos muy difíciles.

Terminada la campaña, llegué a enfrentarme a mi período más prolongado sin trabajo: 1 año y 4 meses. Para entonces, ya acumulaba más de 200 currículos enviados, unas 30 entrevistas y no sé cuántos formularios en sitios de empleo.

Aún me quedaba algo que me ilusionaba y me motivaba a seguir adelante: Ciencias Políticas en la UCR.

En julio del 2018, se acabó el primer semestre y, como no tenía con qué pagarlo, no pude seguir en la universidad. Entonces, empezó lo peor para mí.

No tenía dinero para nada, para absolutamente nada; las deudas me tenían totalmente asfixiado, no tenía trabajo ni ninguna esperanza de encontrar uno. Mis amigos se alejaron de mí, perdí el carro, no podía estudiar, no podía ir al gimnasio, no podía hacer nada (todo tenía un precio) y la relación con la única persona que seguía a mi lado, mi mamá, llegó a su punto más bajo.

Cada mañana me despertaba sin ninguna meta, sin ningún objetivo, sin ningún motivo para levantarme de la cama. Era inevitable pensar negativamente sobre mí: no tengo talento, no tengo atributos, no soy bueno, no sirvo. Entonces, ¿para qué seguir? ¿Para qué continuar?

Una noche una prima llegó a mi casa y me recomendó que llamara a la mamá de ella. Hablé con tía y me dijo que un primo quería ofrecerme estudiar inglés. En un instante, surgió una luz que podía hacerme salir del abismo. Entonces, llamé a mi primo y me dijo: “Diegol, usted tiene muy buen currículo, pero necesita inglés. Busque un curso bueno y yo lo pago. Eso sí; le voy a pedir algo a cambio: tiene que terminarlo”.

La mañana siguiente tenía un motivo para levantarme: aprender inglés. Y, entonces, busqué un folder y un marcador, y sobre él escribí Inglés, y todo empezó a tener sentido. De ahí en adelante, ya solo había camino hacia arriba, aunque siguiera en el fondo del precipicio. Porque tenía un objetivo e iba a luchar con todo por cumplirlo.

Iba a clases todos los días y estudiaba en mi casa. Quería ser el mejor de mi clase, aprender todo lo que pudiera y graduarme lo más rápido posible.

Siempre me ha llamado la atención el francés y pensé: ¿por qué no estudiarlo por mi propia cuenta?, así que tomé otra carpeta con un color diferente y escribí en ella: Francés. Un par de meses después, tomé otra carpeta de otro color y escribí: Portugués. Tres semanas después, en una cuarta carpeta escribí: Italiano. Ahora tenía cuatro carpetas, cuatro motivos para levantarme todos los días. Llenaba esas carpetas con hojas amarillas y blancas llenas de materia y prácticas. Todos los días estudiaba uno o dos idiomas, ingresé a clases de portugués y logré concluir el programa de inglés en 8 meses con un C1 en mi prueba final.

Ahora tengo nuevas carpetas, una dice “Ciencias Políticas”, otra dice “Economía” (mi tercera carrera), otra dice “gimnasio” y “nutricionista”, otra dice “amigos”, otra más dice “Valentina” (mi ahijada), otra dice “mami” y una dice “empleo”. También tengo otras carpetas en mi vida que todos los días debo llenar con hojas que debo escribir con la tinta de mis acciones y pensamientos.

A veces me cuestionan si tengo muchas cosas que hacer. “Usted está metido en muchas cosas”, “pasa muy ocupado”, “bájele un poco”. Nunca tengo una respuesta sólida. Tal vez, simplemente, conservé mucha energía por tanto tiempo que ahora quiero aprovechar todos los días al máximo.

No importa si hay una carpeta o muchas o ninguna, tampoco importan los colores. Si no tenés ninguna, podés empezar con algo pequeño. Buscar una y escribir: correr 5 kilómetros, tratarme mejor, mantener mi cuarto ordenado; puede ser cualquier cosa. Poco a poco, podrás empezar con nuevas metas. Tal vez tengás muchas carpetas y debas dejar algunas de lado, ya sea de manera temporal o definitiva. O tal vez ya tenés las carpetas necesarias en tu vida y solo debés enfocarte en conservarlas y cuidarlas.

No importa si son muchas o pocas, siempre conviene tener una carpeta con tu nombre y ojalá llenarla todos los días con hojas de amor propio. Si esta carpeta no existe o está vacía, las demás pueden carecer de sentido o llegar a perderlo y volverse tan frágiles como si fueran dejadas a la intemperie en medio de una tarde lluviosa y ventosa. Buscá las carpetas de tu vida, cuidalas y luchá por ellas.

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Periodista. Estudiante de Economía y Ciencias Políticas. Hijo de doña Ana, nieto de Rosa Amores y padrino de Valentina.

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